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Barcelona

mayo 27, 2009
Barcelona

Barcelona

Una amplia y oreada avenida que rodea a las murallas, así como los jardines que se disponen en el interior de éstas, contribuyen a hacer de Barcelona una de las ciudades más hermosas del mundo. Nadie que la haya visitado en primavera podrá cansarse de hablar de sus atractivos.

Se encuentra asentada sobre un llano abierto hacia el Sureste y protegida en su parte occidental por el Montjuich Y por el Norte por una cadena de montañas que hacia el Oeste terminan en el monte de San Pedro Mártir. El suelo que tiene una profundidad que oscila entre los seis y los diez pies, está formado por arcilla.

Por este llano, junto a la ciudad, discurre un pequeño arroyo con el que se riega el campo durante el verano. Hacia el Oeste, al otro lado de Montjuich tiene su cauce el Llobregat, el río más largo de entre los que discurren entre el Ter, que pasa por Gerona, y el Segre, que desemboca en el Ebro después de nacer en los Pirineos.

Frente a la ciudad se alza la montaña de San Jerónimo, famosa por su convento y por sus espaciosos, sombríos y bien regados jardines. Desde esta elevación Montserrat, que parece estar a unas dos horas de camino a pie, nos brinda una vista magnífica, y en cualquier dirección que miremos el panorama es agradable y amplio. A los lados de esta montaña hay canteras de piedra caliza y de mármol.

Como lugar de residencia, Barcelona resulta no sólo delicioso, sino también saludable. Hay, sin embargo, algunos días en los que todos sus habitantes, y más especialmente los extranjeros, se sienten inclinados a considerarlo como un sitio insalubre y desagradable. Esto sucede cuando el viento del Este trae la niebla, que muchos días antes se puede ver acumulada mar adentro como si estuviera esperando una oportunidad para entrar en tierra. Los poros se cierran y el carácter se irrita tanto que incluso los mejores amigos deben andar, precaución en sus encuentros. Pero tan pronto como aparece la brisa del interior se levanta la niebla y sale el sol de entre las nubes, haciendo que toda, naturaleza sonría. Tanto en la Barceloneta como en la ciudadela, que alberga una guarnición de cinco mil quinientos hombres, las fiebres intermitentesdejan de atacar, y en invierno traen consigo la hidropesía y la ictericia, y en verano fiebres malignas. Las mismas enfermedades reinan más allá del Montjuich, en las tierras bajas que riega el Llobregat. Pero aunque a su paso el viento principal se carga de miasma, al ser desviado por esta alta montaña tiene ninguna influencia nociva sobre Barcelona.

Pocos lugares he abandonado con tanta pena; si no me hubiera marchado de Barcelona poco después, lo habría elegido como lugar de retiro en el que, con la ayuda de alguno de los padres, podría haber aprendido español.

Barcelona. Instituciones para la instrucción. La inquisición

mayo 27, 2009
Barcelona vista desde Montjuic

Barcelona vista desde Monjuit

Como las de toda ciudad antigua, las calles de Barcelona son estrechas y sinuosas. Se conservan todavía bastante bien una de las puertas y algunas torres de la vieja población romana, cuyo trazado, ocupando una pequeña elevación en el centro de la ciudad moderna, todavía puede distinguirse. Se han encontrado muchos sarcófagos, altares, imágenes, inscripciones y hasta un templo de Neptuno, que han sido bien descritos por los arqueólogos. Fue en esta ciudad donde Fernando e Isabel recibieron a Colón tras su regreso de América, y desde donde partió, en 1493, la segunda expedición del navegante.

Al visitar las iglesias de Barcelona se confirma un hecho que es posible observar hasta en las más insignificantes aldeas del sur de los Pirineos. Todos sus ornamentos datan de principios del siglo XVI, y son por tanto posteriores a la llegada a España del primer oro y plata americanos; pero cada retablo, y con él todas sus columnas, muestra que no avanzaron conjuntamente el buen gusto y la riqueza. Ésta les llegó por sorpresa, encontrándoles sin preparación para utilizarla adecuadamente. Por eso incluso las columnas corintias y compuestas están recargadas con nuevos ornamentos, y no importa que sean estriadas o salomónicas para que hiedras o parras las invadan y una multitud de ángeles que revolotean a su alrededor y de querubines que trepan por ellas casi las oculten por completo, mientras que un fulgor de oro cubre toda esta ridícula amalgama. Aunque la generación actual está más preparada y posee un gusto más refinado, le falta decisión para reformar los abusos y suprimir esos ornamentos que han sido aprobados por el fervor y la devoción ciegos de sus antepasados.

Posee la ciudad una academia de bellas artes abierta para todos, en la que imparten clases de dibujo, arquitectura y escultura bajo la dirección de don Pedro Moles y de otras personas que también son excelentes en el arte que cultivan. Dispone de siete espaciosas salas dotadas por el rey de mesas, banquetas, luces, papel, lápices, dibujos, patronos, vaciados y modelos humanos. Se reúnen de diez a doce por las mañanas, de seis a ocho durante las tardes de invierno Y de ocho a diez en las de verano.

El número de sus alumnos es elevado; una noche conté a más de quinientos muchachos, muchos de los cuales estaban acabando unos dibujos en los que mostraban grandes dotes o una aplicación poco común. Esto no quiere decir que todos ellos vayan a dedicarse a la pintura, de hecho quizá ninguno lo haga; esto no era la intención del gobierno, ni mucho menos la del conde de Campo manes, a quien se debe la iniciativa de su creación. La mayor parte de estos muchachos, si no todos, son aprendices de artesanos que enriquecen sus conocimientos profesionales mediante la práctica del dibujo, un arte que se distingue fundamentalmente por desarrollar la capacidad de imitación. No sólo el escultor, el arquitecto y el ingeniero, sino también el fabricante de carruajes, el ebanista, el tejedor o incluso el sastre y el mercero pueden sacar gran provecho de la agudeza visual y de la capacidad de invención que proporciona la práctica del dibujo y del diseño. Se trata de una institución de la que está muy necesitada Inglaterra.

Don Pedro Moles es un artista cuyas obras han sido admiradas en todo el mundo por la belleza de su trazo y la fuerza de su expresión. Es una pena que le hayan quitado el buril de la mano, pues aunque quizá sea más útil dirigiendo esta academia, como grabador habría adquirido una fama más duradera y podría mantener mejor a su familia.

Una de las siete salas está habilitada como escuela de náutica y dispone de todo lo necesario para enseñar el arte de la navegación. Los estudiantes, en la actualidad sólo treinta y seis, se reúnen diariamente de ocho a diez de la mañana y de tres a cinco de la tarde. Desde su creación han salido de ella más de quinientos pilotos capacitados para dirigir una embarcación hacia cualquier parte del mundo.

Igual de bien equipada y dirigida se encuentra la academia militar, cuyos alumnos disponen para realizar sus estudios de tres magníficos departamentos donde se les enseña desde los rudimentos de las matemáticas hasta los aspectos más sofisticados de su profesión.

Además de estas instituciones dedicadas a la instrucción de los que se aplican a las armas, no faltan otras cuya utilidad es más general y que abren sus puertas a todos los ciudadanos sin distinción. Se trata de de un gabinete de historia natural y de cuatro bibliotecas públicas; tres de ellas de carácter general y la otra especializada en medicina y cirugía. El gabinete, que pertenece a don Jaime Salvador, defraudó las altas expectativas que los informes que sobre él poseía me habían hecho albergar. Hace unos treinta o cuarenta años habría sido digno de atención, pero la ciencia misma y los gabinetes de los aficionados han progresado tanto que colecciones que en su día asombraron, en la actualidad son con razón contempladas con fría indiferencia. Las bibliotecas de carácter general son la del Colegio del Obispo, la de los carmelitas y la de los dominicos. Esta última fue la que encontré más digna de atención, pues contiene más libros modernos de valor que las demás.

En resumen, a través de estas bibliotecas cualquiera puede disponer durante seis horas al día, excepto festivos, de los libros más adecuados a la naturaleza de su estudio. En el convento de los dominicos hay una sala repleta de libros prohibidos por la Inquisición y, para asegurarse de que nadie se sentirá tentado de leerlos, todos los espacios libres están ocupados por representaciones de demonios destrozando huesos huma nos, se supone que de herejes. Pero por si esta visión no fuera bastante para retraer a los curiosos, están encerrados con llave y sólo se puede acceder a ellos mediante un permiso especial.

En el claustro de los dominicos hay más de quinientas inscripciones que recuerdan otras tantas sentencias dictadas contra herejes e indican el nombre, la edad, la profesión y el domicilio de cada uno de ellos y la fecha y causas por las que fue condenado. También si fue quemado en persona o en efigie, o si se retractó y fue salvado, no de la hoguera, pues podía reincidir, sino de las llamas del infierno. Se trataba en su mayor parte de mujeres, que fueron condenadas entre 1489 y 1726. Debajo de cada inscripción aparece retratado el hereje en el momento en que los demonios han devorado más de la tercera parte o la mitad de su cuerpo. Quedé tan asombrado por las formas fantásticas que los pintores habían creado y por las extrañas actitudes de los herejes, que no pude resistir la tentación de copiar algunas de estas escenas cuando nadie pasaba por el claustro. Algún tiempo después, conversaba con un inquisidor que me honraba con su visita, cuando tomó mi libro de apuntes con una actitud indiferente y por casualidad lo abrió precisamente por la página donde había dejado mis dibujos. Yo me reí; él se sonrojó; pero ninguno dijimos nada. Cuando regresé a Barcelona, quince meses más tarde, me dijo sonriendo: «Ya ve que puedo guardar un secreto, y que no desconocemos las reglas del honor.»

Durante mi estancia en Barcelona tuve la oportunidad de ver reunidos a todos los miembros de la Inquisición en una gran procesión que celebraba la fiesta de su santo patrón, San Pedro Mártir, en la iglesia dominica de Santa Catalina. Habría sido una bendición para la cristiandad que todas las fiestas de esta orden hubieran sido tan inocentes como ésta. No obstante, todo el mundo reconoce que sus miembros son hombres de valía, y muchos de ellos se distinguen por su humanidad, lo que dice mucho a favor de esta corporación en Barcelona.

Solía visitar las iglesias a todas horas y asistía a todas las funciones religiosas que se celebraban en ellas. La tarde del viernes 28 de abril me reuní con un grupo de amigos para escuchar un servicio penitencial en el convento de San Felipe Neri. Apenas había acabado la primera parte del miserere cuando se cerraron las puertas, se apagaron las luces Y nos quedamos en la más completa oscuridad. En ese momento, cuando el ojo no podía distraer a la mente, nuestra atención despertó ante la llamada de la armonía, pues toda la congregación unió sus voces cantando el miserere con agradable solemnidad. Al principio lo hacían con tonos suaves Y melancólicos; pero después de desnudar sus espaldas y prepararlas para recibir el látigo empezaron todos simultáneamente a flagelarse, alzando la voz Y acelerando el ritmo, que aumentaba poco a poco tanto en velocidad como en violencia, mientras se flagelaban con mayor vehemencia y cantaban con más fuerza y aspereza. A los veinte minutos se había perdido cualquier posibilidad de distinguir los sonidos y todo terminó en un profundo gemido. Aunque estaba preparado para encontrar algo terrible, esto superó de tal manera mis expectativas que se me heló la sangre; Y uno del grupo, que no se caracterizaba por tener los nervios sensibles, rompió a llorar al encontrarse con semejante espectáculo sin esperarlo.

Esta disciplina se repite todos los viernes del año, se hace más frecuente durante la Cuaresma Y se celebra diariamente en la Semana Santa. No podía preguntar qué ventajas obtenían o qué beneficios esperaban recibir a cambio de este castigo; sin embargo, a juzgar por lo generalizado que está el vicio en España, me temo que esta costumbre tiene muy poca o ninguna utilidad para la reforma de la moral del país.

Hospital General de Barcelona

mayo 25, 2009
fachada del hospicio de Sevilla

fachada del hospicio de Sevilla

En toda Europa nunca he visto un Hospital mejor administrado que el Hospital General de Barcelona. Destaca por su particular atención a los convalecientes, que una vez restablecidos de sus enfermedades abandonan el pabellón de los enfermos y disponen de habitaciones individuales donde pueden recuperar sus fuerzas antes de reincorporarse a la cotidiana y dura actividad con la que se ganan el pan. Nada puede haber más humano y beneficioso que esto. En 1785 ingresaron nueve mil doscientos noventa y nueve pacientes, y al año siguiente, seis mil cuatrocientos ochenta y ocho. De ellos enterraron a ocho cientos cincuenta y cuatro y novecientos veintiséis, respectivamente, lo que arroja un promedio de cerca de la novena parte de los enfermos, aunque hay que tener en cuenta que muchos van a los hospitales públicos sólo para conseguir gratuitamente sus funerales.

La administración de este hospital se encarga también de un hospicio con capacidad suficiente para atender las necesidades de la ciudad y sus alrededores. El promedio de estos dos últimos años da una suma de quinientos veintiocho niños abandonados, de los cuales las dos terceras partes murieron. Se trata de una proporción escandalosa, consecuencia inevitable de la separación de las criaturas de sus madres y de su hacinamiento en la ciudad; en especial si, como sucede en Barcelona, una sola nodriza tiene que atender a cinco. Es lamentable que no recurran a la leche de cabra, como hacen los franceses, y que no hayan aprendido a utilizar biberones, tal y como hacen los niños del orfanato de Dublín.

Los niños de esta institución aprenderán algún oficio al llegar a la edad adecuada. A las niñas en edad de casarse se las llevan en procesión por las calles, y cualquier joven que encuentre a alguna apropiada para hacerla su esposa está en libertad de señalarlo, lo que hacen arrojando un pañuelo.

Además de estas instituciones de caridad, existe en Barcelona un hospital para huérfanos que no visité.


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