Archive for the ‘al amor de la lumbre’ Category

El gitano rico

mayo 25, 2009

croquis_hecho_en_albacete– ¿Qué montañas son ésas? -pregunté a un barbero sangrador, que, montado en una burra del mismo pelo que la mía, emparejó conmigo a eso del mediodía y me acompañó durante unas cuantas leguas.

– Se llaman de diverso modo, caballero -respondió el barbero-, según los nombres de los lugares inmediatos. Aquellas de allá lejos son la serranía de Plasencia; las que hay frente a Madrid son las montañas de Guadarrama, por un río de este nombre que en ellas nace. La cordillera es muy grande, caballero, y separa los dos reinos; del lado de allá está Castilla la Vieja. Son magníficas estas montañas y, aunque nos mandan muchísimo frío, a mí me agrada contempladas, cosa que no es de extrañar, pues he nacido en ellas, aunque ahora, por mis pecados, vivo en un pueblo del llano. No hay en toda España cordillera como ésta, caballero; tiene sus secretos, sus misterios. Muchas cosas singulares se cuentan de esas montañas y de lo que ocultan en sus profundos escondrijos, porque ha de saber usted que la cordillera es muy ancha y se puede andar por ella días y días sin llegar a término. Muchos se han perdido en ella y no ha vuelto a saberse nada de su paradero. Entre otras rarezas, cuentan que en ciertos sitios hay profundas lagunas habitadas por monstruos, tales como serpientes corpulentas, más largas que un pino, y caballos de agua que a veces salen de allí y cometen mil estropicios. Es cosa averiguada que allá lejos, hacia el Oeste, en el corazón de la montaña, hay un valle maravilloso, tan estrecho que en él sólo se le ve la cara al sol en pleno mediodía. Este valle permaneció desconocido durante miles de años; nadie soñaba su existencia. Pero, al cabo, hace mucho tiempo, unos cazadores entraron en él casualmente. ¿Y sabe usted lo que encontraron, caballero? Encontraron una pequeña nación o tribu de gente desconocida, que hablaba una lengua ignorada y que acaso vivía desde la creación del mundo sin tratarse con las otras criaturas humanas y sin saber de la existencia de otros seres cerca de ellos. Caballero, ¿no ha oído usted hablar nunca del valle de las Batuecas? Se han escrito muchos libros acerca de este valle y de sus habitantes. A mí me enorgullecen esas montañas, caballero; si yo fuera hombre independiente, sin mujer y sin hijos, compraría una burra como la de usted -excelente, por lo que veo, y mucho mejor que la mía- y me iría a recorrer esas montañas hasta descubrir todos sus misterios y haber visto las maravillas que contienen.

No cesé en todo el día de avivar el paso de la burra y sólo me detuve una vez para echarle un pienso; pero, aunque el animalito se portó muy bien, llegó la noche y aún me faltaban dos leguas hasta Talavera. Al ponerse el sol arreció el frío; me arropé lo mejor posible con la capa vieja del gitano, que aún traía conmigo; pero resultó escasa defensa contra la inclemente noche. El camino, siempre por terreno llano, estaba medio borrado, y en la oscuridad era a veces difícil encontrarlo, sobre todo por los muchos atajos y veredas que lo cruzaban. Seguí adelante, empero, como pude, y cuando dudaba de la dirección que debía tomar, me abandonaba al instinto de mi cabalgadura. Salió al fin la luna y a su débil luz distinguí de pronto un bulto que se movía a muy corta distancia de mí. Aligeré el paso de la burra y no tardé en ponerme a su lado. El bulto continuó sin alterar su marcha un momento ni mirar. La silueta era de hombre, el más alto y corpulento que hasta entonces había yo encontrado en España, vestido también de un modo desusado en el país. Llevaba un sombrero bajo de copa y ancho de alas, muy semejante al de los carreteros ingleses; envolvíase el cuerpo en una especie de túnica larga y suelta, de cutí ordinario, abierta por delante, lo que permitía ver en ocasiones el resto de su traje, compuesto de un jubón y unos calzones de pana. Como he dicho, el ala de su sombrero era ancha; pero, aun siéndolo, no bastaba para cubrir un inmenso matorral de pelo negro como el carbón, espeso y rizado, que se desbordaba por todos lados. Colgadas del hombro izquierdo llevaba unas alforjas, y en la mano derecha, una pértiga.

Había algo extraño en todo su continente; pero lo más chocante era la tranquilidad con que seguía andando sin ocuparse de mí, aunque, naturalmente, se daba cuenta de mi proximidad; miraba con fijeza al camino delante de sí, salvo cuando alzaba su ancha faz y clavaba sus grandes ojos en la luna, que brillaba con fuerza en el cielo.

– Está fría la noche -díjele al fin-. ¿Es éste el camino de Talavera?

– Éste es el camino de Talavera y la noche está fría.

– Yo voy a Talavera -añadí-; supongo que usted también.

– Allí voy yo; usted también va, bueno.

La entonación con que pronunció estas palabras era, en su línea, tan extraña y singular como el aspecto del hombre que las decía; no era exactamente la de una voz española y, sin embargo, había algo en ellas que a duras penas podía ser extranjero; la pronunciación era también correcta, y el lenguaje, aunque insólito, sin faltas. Me chocó, sobre todo, la manera como había dicho la palabra bueno; algo parecido había oído yo en otra ocasión, pero no podía recordar cuándo ni dónde. Hubo una pausa. El desconocido andaba con paso arrogante y con perfecta indiferencia; al parecer, estaba dispuesto a no buscar ni esquivar la conversación.

– ¿No le da a usted miedo viajar por estos caminos de noche? -le pregunté-. Dicen que están llenos de ladrones.

– ¿Y no le debía dar a usted más miedo viajar por estos caminos de noche? ¿A usted, que desconoce el país? ¿A usted, que es un extranjero, un inglés?

– ¿Cómo sabe usted que soy inglés? -pregunté, lleno de sorpresa.

– No es cosa difícil; se lo he conocido en el acento.

– Ya que habla usted de eso -dije yo-, ¿y si su acento me descubriese también quién es usted?

– No puede ser -replicó mi compañero-; usted no sabe nada de mí ni puede saberlo.

– No lo diga usted con tanta seguridad, amigo mío; yo estoy enterado de muchas más cosas de las que usted se figura.

– ¿Por ejemplo? -dijo el desconocido.

– Por ejemplo -repliqué-, usted habla dos idiomas.

El hombre anduvo un poco en actitud reflexiva y luego dijo en voz baja:

– Bueno.

– Usted tiene dos nombres -continué-: uno, para el interior de su casa, y otro, para la calle. Ambos son buenos; pero el del hogar es el que usted más quiere de los dos.

Anduvo otros cuantos pasos en la misma actitud que antes, de pronto se volvió y, tomando nuevamente las riendas de la burra, la detuvo. Entonces contemplé de lleno su rostro y toda su persona; aún se me aparecen a veces en sueños sus formas hercúleas y sus facciones desmesuradas. Le vi plantado ante mí, bañado por la luz de la luna, mirándome a la cara con sus profundos y tranquilos ojos. Al cabo me dijo: «¿Es usted uno de los nuestros?».

Era ya muy entrada la noche cuando llegamos a Talavera. Fuimos a una casona lóbrega, la posada principal de la ciudad, según me dijo mi compañero. Entramos en la cocina, en uno de cuyos extremos ardía una buena lumbre. «Pepita -dijo mi compañero a una linda muchacha que salió a nuestro encuentro sonriendo-, un brasero y un cuarto reservado. Este caballero es un amigo mío y cenaremos juntos.» Pronto estuvo dispuesta la habitación, en la que había dos alcobas con sendas camas. Después de una cena que, por encargo de mi compañero, fue excelentísima nos sentamos junto al brasero y comenzamos a hablar.

YO: Claro está que usted ha hablado con otros ingleses, porque en otro caso no me hubiera reconocido por el tono de la voz.

ABARBANEL: Cuando estalló la guerra de la Independencia, siendo yo un muchacho, vino al lugar en que yo vivía con mi familia un oficial inglés, encargado de instruir a los reclutas; se alojó en casa de mi padre y me cobró gran afecto. Al marcharse me fui con él, con permiso de mi padre, y le acompañé por ambas Castillas como camarada y criado a la vez. Juntos estuvimos casi un año, y cuando, súbitamente, le mandaron volver a su país, quiso llevarme consigo; pero mi padre no lo consintió en modo alguno. Veinticinco años han pasado sin ver ningún inglés; a pesar de ello, le he conocido a usted en plena oscuridad.

YO: ¿Y qué género de vida hace usted y cuáles son sus medios de subsistencia?

ABARBANEL: Vivo sin dificultad alguna, como creo que vivieron mis antepasados y como vivió, con toda certeza, mi padre, cuya misma ruta he seguido. A su muerte tomé posesión de la herencia; era yo hijo único; los bienes, muchos; hubiera podido vivir sin trabajar; pero a fin de no llamar la atención, seguí el oficio de mi padre, que era longanicero. A veces he tratado también en lana, pero sin gran empeño, por falta de estímulo. Con todo, he tenido buena suerte; en ocasiones, una suerte extraordinaria, y he ganado más que muchos otros entregados por completo al comercio y que se matan a trabajar.

YO: ¿Tiene usted hijos? ¿Está usted casado?

ABARBANEL: Soy casado, pero sin hijos. Tengo mujer y una amiga o, más bien, dos mujeres, porque con ambas estoy casado; pero a una la llamo amiga por guardar las apariencias; quiero vivir tranquilo y no tengo gana de ofender los prejuicios de la gente que me rodea.

YO: Dice usted que es rico. ¿En qué consisten sus riquezas?

ABARBANEL: En oro, plata y piedras preciosas, pues he heredado todo lo que mis abuelos atesoraron. La mayor parte está escondido debajo de la tierra; la verdad es que ni siquiera he visto la décima parte de ello. Tengo monedas de oro y plata anteriores al tiempo de Femando el Maldito y Jezabel; también tengo sumas importantes dadas a préstamo. Vivimos muy apartados, sin embargo, y nos hacemos pasar por pobres, incluso por miserables; pero en ciertas ocasiones, en nuestras fiestas, una vez cerradas y atrancadas las puertas y después de soltar los perros fieros en el corral, comemos en vajillas como ya las quisiera para sí la reina de España, y hacemos las abluciones en salvillas de plata modeladas y repujadas antes del descubrimiento de América, aunque vayamos siempre groseramente vestidos y nuestras comidas sean de ordinario muy modestas.

YO: Además de usted y de sus mujeres, ¿hay en su casa alguna otra persona de su gremio?

ABARBANEL: Mis dos criados son también de los nuestros; uno es joven y pronto se marchará a casarse lejos de aquí; el otro es viejo y viene por este mismo camino detrás de mí con un carro y una mula.

YO: ¿Y adónde se dirige usted ahora?

ABARBANEL: A Toledo, donde a veces trafico como longanicero. Me gusta viajar, aunque sin alejarme mucho de mi casa. Desde que me separé del inglés no he vuelto a salir de Castilla la Nueva. Me gusta ir a Toledo y pensar allí en los tiempos que fueron; acabaría por establecerme en esa ciudad, si no hubiera en ella tantos malditos que me miran con malos ojos.

YO: ¿Le conocen a usted por lo que realmente es? ¿Le molestan las autoridades?

ABARBANEL: La gente sospecha, naturalmente, lo que yo soy; pero como en casi todo me acomodo a sus costumbres, no se mezclan en mis asuntos. Es verdad que algunas veces, cuando entro en la iglesia a oír misa, me miran por encima del hombro, como diciendo: «¿A qué vienes aquí?». Algunas veces se santiguan al pasar a mi lado; pero como se limitan a eso, no me preocupo gran cosa de ellos. Con las autoridades estoy en muy buenas relaciones. Muchos de los que desempeñan puestos elevados tienen dinero mío prestado, de modo que hasta cierto punto los tengo en mi poder, y la gente menuda, alguaciles y corchetes , está siempre dispuesta a favorecerme, en consideración a unos cuantos duros que reparto de vez en cuando entre ellos; de modo que, en conjunto, las cosas no pueden ir mejor. Cierto que antiguamente no ocurría así; sin embargo, yo no sé por qué sería, pero aunque otras familias lo pasaron muy mal, la nuestra disfrutó siempre de relativa tranquilidad. La verdad es que mi familia ha sabido conducirse siempre por modo maravilloso. Puedo decir que hay en ella una sagacidad parecida a la de la serpiente. Siempre hemos tenido amigos; con respecto a los enemigos, es la verdad que nunca nos han hecho daño impunemente, porque es regla de mi casa no olvidar las injurias y no escatimar esfuerzos ni gastos para arruinar y destruir al que nos perjudica.

YO: ¿Se meten con usted los curas?

ABARBANEL: Los curas me dejan en paz, sobre todo en nuestro mismo pueblo. Poco después de la muerte de mi padre, uno muy exaltado trató de jugarme una mala pasada; pero yo me las arreglé para pagarle en la misma moneda, y logré que le encarcelaran acusado de blasfemia y en la cárcel estuvo mucho tiempo, hasta que se volvió loco y murió.

YO: ¿Tienen ustedes en España alguna persona que haga cabeza, investida de la suprema autoridad?

ABARBANEL: Tanto como eso, no. Hay, sin embargo, ciertas familias virtuosas que gozan de mucha consideración: la mía es una de ellas -la principal, puedo decir-. Especialmente, mi abuelo era un varón justo, y oí contar a mí padre que una noche un arzobispo fue secretamente a nuestra casa sólo para tener el gusto de besar la mano a mi abuelo.

YO: ¿Cómo es posible eso? ¿Qué veneración puede sentir un arzobispo por uno como usted o como su abuelo?

ABARBANEL: Más de lo que usted se figura. El arzobispo era de los nuestros, o por lo menos lo había sido su padre, y él no podía olvidar lo que aprendió a reverenciar en la infancia. Dijo que había intentado inútilmente olvidarlo, que el ruals se cernía siempre sobre él y que desde la niñez los terrores conturbaban su ánimo hasta llegar al punto de no poder sufrirse a sí mismo. Por esto fue a ver a mi abuelo, con quien permaneció toda una noche, y luego se volvió a su diócesis, donde murió poco después en gran opinión de santo.

YO: Me sorprende lo que usted dice. ¿Tiene usted algún motivo para suponer que entre el clero católico hay muchos de los vuestros?

ABARBANEL: No lo supongo, lo sé. Hay muchos como yo en el clero y no de rango inferior tan sólo. Algunos de los más sabios y famosos clérigos de España han sido de los nuestros, o al menos de nuestra sangre, y muchos de ellos, hoy en día, piensan como yo. Hay una fiesta especial en el año, en la cual cuatro dignatarios eclesiásticos vienen sin falta a visitarme, y cuando, tomadas las necesarias precauciones, se cumplen las ceremonias preparatorias, se sientan en el suelo y blasfeman.

YO: ¿Son ustedes muchos en las ciudades importantes?

ABARBANEL: De ningún modo; rara vez vivimos en las ciudades grandes; sólo vamos a ellas para nuestros negocios y preferimos vivir en los pueblos. Cierto que no somos mucha gente; en pocas provincias de España contaremos más de veinte familias. Ninguno de los nuestros es pobre. Los que sirven lo hacen por conveniencia más que por necesidad, porque sirviendo unos en casa de otros se adiestran en tráficos diferentes. No es raro tampoco que el tiempo que se sirve sea el del noviazgo, y los criados se casan a veces con las hijas de sus amos.

Continuamos hablando casi toda la noche; a la mañana siguiente me dispuse a partir, pero mi compañero me aconsejó que me quedase allí todo el día. «Y si quiere usted hacerme caso -añadió-, no debe usted ir más lejos de ese modo. Esta noche pasará por aquí la diligencia de Extremadura a Madrid. Váyase en ella; es el modo más rápido y seguro de viajar. Yo le compraré a usted la burra. Mi criado, que ya ha venido, la ha visto y me dice que puede sernos útil. Pasaremos el día juntos, como hermanos, y luego nos iremos cada uno por nuestro lado.» Así lo hicimos. Cuando llegó la diligencia me metí en ella y en la mañana del segundo día llegué a Madrid.

Anuncios

Historias de lobos

mayo 24, 2009
pastor extremeño

pastor extremeño

Bajaba yo del puerto de Mirabete pensando a ratos en el propósito que me había llevado a España y admirando otros uno de los más hermosos panoramas del mundo. Ante mí se extendían inmensas planicies limitadas en la lejanía por montañas gigantescas y a mis pies serpenteaba, entre márgenes escarpadas, la vena angosta y profunda del Tajo. El sol poniente doraba el paisaje. El día, aunque frío y ventoso, era despejado, brillante. En una hora llegué al río por junto a los restos de un magnífico puente volado en la guerra de la Independencia y no reconstruido.

Crucé el Tajo en una barca; el paso fue un poco difícil por la rapidez de la corriente, engrosada con las últimas lluvias.

– ¿Estoy ya en Castilla la Nueva? -pregunté al barquero al llegar a la otra orilla.

– La raya está a unas cuantas leguas de aquí -contestó-. Usted parece extranjero. ¿De dónde viene usted?

– De Inglaterra.

Y sin aguardar otra respuesta monté en la burra y seguí mi camino. La burra meneó los remos con presteza, y poco después de cerrar la noche llegué a una aldea distante unas dos leguas de la orilla del río.

Me alojé en una venta. Ardía en la cocina una buena fogata, en la que se quemaba un tronco de olivo casi entero. Allí me senté y me entretuve en examinar la diversa catadura de los presentes. Había un cazador con su escopeta; un par de pastores, con enormes perros, de los famosos de Extremadura; un soldado licenciado que volvía de la guerra, y un mendigo, que, después de pedir una limosna por las siete llagas de María Santísima, se sentó con nosotros y se instaló muy a sus anchas. La ventera era una mujer activa y servicial, que se ocupó en aderezarme la cena, consistente en las perdices compradas en Jaraicejo, que el gitano, al despedirse de mí, me aconsejó que me llevara. Mientras las guisaba estuve al amor de la lumbre, oyendo la conversación de aquella gente.

– Más quisiera ser lobo -dijo uno de los pastores- u otra cosa cualquiera que pastor. Bonita vida la nuestra, siempre en el campo, entre carrascales, pasando frío y hambre por una peseta diaria. Un lobo se da mejor vida y es más temido que un mísero pastor.

– Pero muchas veces -dije yo- lo pasa muy mal, y cuando los pastores y los perros caen sobre él, paga con la cabeza todas sus hazañas.

– Esto ocurre muy pocas veces, señor viajero -dijo el pastor-. El lobo acecha las ocasiones y es muy raro que se meta en un mal paso. Y lo que es atacarle, crea usted que es muy poco agradable. Tiene garras y dientes, y al hombre o al perro que los prueban una vez les quedan muy pocas ganas de ponerse nuevamente a su alcance. Estos perros míos se atreverían, uno a uno, con un oso, aunque es un animal mucho más fuerte, y, en cambio, los he visto yo huir del lobo, a pesar de que los azuzábamos.

– El lobo es muy peligroso y, además, muy astuto. Sabe más que nadie y conoce el punto vulnerable de cada animal. Vea usted, pongo por caso, cómo ataca a los terneros: saltándoles al cuello y desgarrándoles las venas con uñas y dientes. Pero ¿ataca así a un caballo? Me figuro que no.

– En efecto -dijo el otro pastor-, sabe muy bien lo que hace, y a los caballos se les sube de un brinco en las ancas y los desjarreta en seguida. ¡Qué miedo siente un caballo al pasar cerca de la madriguera del lobo! Mi amo iba el otro día al despoblado por lo alto del puerto, en el trotón andaluz que le ha costado quinientos duros; de pronto, el caballo se paró y se puso a sudar y a temblar como una mujer a pique de desmayarse. Mi amo no podía adivinar el motivo hasta que oyó unos gruñidos entre las matas; disparó la escopeta y espantó a los lobos, que salieron huyendo; pero me ha dicho que al caballo aún no se le ha pasado el susto.

– Sin embargo, las yeguas saben, cuando llega el caso, chasquear al lobo -replicó su compañero-. Las yeguas, como todas las hembras, son muy astutas y maliciosas. Si están, pongo por caso, pastando en el campo con sus crías y se da la señal de que viene el lobo, se asustan y corren un poco, pero al momento se reúnen y se forman en corro, poniendo dentro a los potros. Llega el lobo, esperando darse un banquete de carne de caballo, pero se lleva chasco; las yeguas son tan listas como él. Todas le hacen cara, esconden la grupa y, cuando el lobo se pone a dar vueltas trotando y aullando alrededor del corro, se alzan de manos, dispuestas a aplastarlo contra el suelo en cuanto intente hacerles, a ellas o a su cría, el menor daño.

– Peor que el lobo -dijo el soldado- es la loba; porque, como ha dicho muy bien el señor pastor, las hembras tienen más malicia que los machos. Es cosa sorprendente ver a una de esas diablas dirigir una manada de machos. Van tras ella, repitiendo todo lo que hace; parecen embrujados y no tienen más remedio que imitarla. Una vez viajaba yo con un compañero por las montañas de Galicia, cuando de pronto oímos un aullido. «Son los lobos -dijo mi compañero-. Echémonos fuera del camino.» Así lo hicimos y remontamos un poco la falda del cerro hasta llegar a una explanada plantada de vides, como se usa en Galicia. A poco apareció una loba muy grande, de pelo gris, deshonesta, guiando a dentelladas y gruñidos una manada de demonios que la seguían muy pegados a ella, con el rabo enhiesto y los ojos como brasas. ¿Qué creerán ustedes que hizo el maldito animal? En lugar de seguir por el camino, echó hacia donde nosotros estábamos, y, como ya no había remedio, nos estuvimos quietos y en silencio. Yo estaba el primero, y la loba me pasó tan cerca que me rozó con el pelo las piernas; no me hizo caso, sin embargo, y siguió adelante, sin mirar a derecha ni izquierda, y todos los demás lobos pasaron trotando junto a mí, sin hacerme el menor daño y sin mirarme siquiera. No puedo decir lo mismo de mi pobre compañero, que estaba un poco más lejos, y, a mi parecer, no tan en la dirección de los lobos como yo. Después de pasar muy cerca de él, bruscamente la loba dio media vuelta y le mordió. Nunca olvidaré lo que ocurrió luego; en un instante doce lobos se arrojaron sobre él y le despedazaron, aullando de un modo horrible. En un santiamén le devoraron y sólo quedó de él la calavera y unos cuantos huesos; después los lobos se fueron como habían venido. Tengo motivo para agradecer a mi señora la loba que hiciese menos caso de mí que de mi compañero.