Archive for the ‘el carácter’ Category

El orgullo de los españoles

febrero 25, 2009

Los españoles han tenido rasgos característicos comunes a todos los habitantes de la Península, pero eso era cuando los árabes orientales. Su gusto por las artes y las ciencias y todo aquello de que aún quedan vestigios en las provincias donde más tiempo se mantuvieron. Eso era cuando el elevado concepto que los españoles tenían de su nación, muy justificado por las circunstancias, se reflejaba en toda su persona y hacía que se pareciesen todos al retrato que aún hoy se manifiesta, representándolos graves, austeros, generosos, empeñados en guerras y aventuras. lebrijaAsí eran cuando en sus asambleas generales, que llamaban Cortes, tenían todos una parte más o menos activa en el Gobierno, cuyos actos dirigían o vigilaban, sintiendo con mucho más ardor que Pero estas tres causas de uniformidad en el carácter nacional han desaparecido casi por completo, y al desvanecerse han dejado a los españoles sometidos a las influencias más inmediatas del clima, de las leyes y de los productos de sus distintas regiones, de navarros, andaluces, vascos, asturianos, etcétera, y hacer de cada uno de estos pueblos una descripción particular; tarea dificultosa e ingrata de imposible realización, sin poner a cada momento las excepciones junto a la regla. Difícil sería ser exacto sin minuciosidad; justo, sin parecer severo; apologista, sin parecer adulador.

A pesar de lo cual, su revolución no ha sido tan completa que haya extirpado totalmente los rasgos comunes a la nación española. Una parte de sus costumbres ha sobrevivido a los acontecimientos que las han alterado. La influencia del clima fue modificada, pero no destruida. En muchos aspectos sus provincias viven aún bajo una misma forma de gobierno. La corte de un monarca absoluto sigue siendo el centro en que convergen las aspiraciones y los afectos generales. Todos los españoles modernos profesan el mismo culto religioso. En literatura tienen aún los mismos modelos e idénticos gustos. En todos estos aspectos han conservado rasgos semejantes a los de sus antepasados, que intentaremos esbozar.

En la época en que España representó un papel importante, cuando descubría y conquistaba el Nuevo Mundo; cuando, no contenta con dominar una parte de Europa, agitaba y hacía tambalear el resto con sus intrigas diplomáticas o sus empresas militares, los españoles se embriagaron de orgullo: un orgullo que se manifestaba en su apostura, en sus acciones, en su lenguaje y en sus escritos. Como entonces el orgullo nacional estaba justificado, les daba un aspecto de grandeza que les perdonaban, aun aquellos a quienes no infundía respeto.

Debido a una serie de circunstanciales desventuras, eclipsóse aquel esplendor, sin que las pretensiones a que daba lugar se desvanecieran. El español del siglo XVI había desaparecido, pero quedaba su apariencia. De ahí ese porte orgulloso y grave que aún hoy le caracteriza y que me trae a la memoria dos versos de un poeta francés referentes al pecado original, cuyas fatales consecuencias no han borrado por completo en el hombre la traza de su augusto destino:

C’est du haut de son treme un roi précipité qui garde sur son front un trait de majesté. (Es un rey, arrojado de un altivo
trono que aún ciñe su frente con un rasgo de majestad).

El español moderno conserva aún la huella de su antigua importancia. Hablen o escriban sus expresiones adolecen de una exageración rayana en fanfarronería. Tiene un elevado concepto de su patria y de sí mismo, y lo manifiesta siempre sin reparo y con frecuencia sin habilidad. Su amor propio no se manifiesta mediante las expresiones graciosamente hiperbólicas que más provocan la risa que el enfado y que caracterizan a los gascones: cuando se alaban lo hacen gravemente, con toda la pompa de su idioma.

Sin embargo, tentado estoy de creer que el genio de su lengua justifica su estilo ampuloso. No sólo adoptó muchas palabras y giros idiomáticos de los árabes, sino que está como impregnado del espíritu oriental introducido en España, espíritu que se encuentra en todas las obras de imaginación españolas; en sus novelas. Quizá es ésta una de las principales causas a que obedece la lentitud con que progresa en España la verdadera filosofía, puesto que, acostumbrados a sacar de quicio las cosas, con imágenes acumuladas en torno a las ideas más sencillas, y complaciéndose en todo lo que tenga algo de maravilloso: rodean de misterio el santuario de la verdad y lo hacen inaccesible.

J. F. Bourgoing. Nuevo viaje a España o descripción del estado actual de esta monarquía.Nouveau voyage en Espagne, ou Tabeau de l’etat actuel de cette monarchie.

Mujer y celos

febrero 25, 2009

Los españoles pueden enorgullecerse de haber vencido las influencias que pudieron conducirles a ciertos excesos. Me refiero sobre todo a una depravación condenada por la naturaleza, depresiva para el bello sexo y demasiado corriente entre los pueblos meridionales. Eso es absolutamente desconocido en España.sevilla2

Los celos, que son también depresivos para la mujer, parecen ser consecuencia de un clima que comunica su ardor a los sentidos y a la imaginación. Esta pasión odiosa, que antes era ofensiva en sus sospechas, injuriosa y cruel en sus precauciones, implacable en sus agravios, está muy atenuada en los españoles modernos. Si en España los amantes son exigentes y recelosos, si atormentan con sus sospechas y se muestran atroces en sus venganzas, no hay en cambio país europeo que cuente menos maridos celosos. Las mujeres, a las que antiguamente se ocultaba a las miradas y apenas era permitido entreverlas a través de los intersticios de las celosías, que deben sin duda su nombre al vil sentimiento que las inventó, las mujeres, digo, gozan de entera libertad. Sus mantillas, única huella de la antigua esclavitud, sólo sirven ya para resguardar sus encantos del ardiente sol y aumentan su atractivo.

Inventadas por los celos, la coquetería las ha convertido en una de las galas más seductoras y, al favorecer el misterio, aseguran la impunidad de las trapisondas amorosas. Eso de los amantes que, bajo el balcón de su invisible adorada, suspiraban sin esperanza de aliviar su doloroso martirio, con la guitarra , como único testigo e intérprete de su dolor, ya no se ve más que en las comedias. Las conquistas son ahora menos penosas y menos lentas, los esposos más tratables y las mujeres más accesibles.

¡Las mujeres! ¿Quién, ante esta palabra, no se siente movido por tierno interés? ¿Quién se negaría a perdonarles sus caprichos, a someterse a sus rigores y disculpar sus debilidades? Vosotros sobre todo, extranjeros, que habéis suspirado a los pies de una española, ¿no experimentáis estos sentimientos al pensar en las seductoras cadenas que os esclavizan? ¿Intentaré trazar un esbozo del objeto de vuestras adoraciones y haceros revivir vuestros placeres? O, si os han sido arrebatados por la ausencia, por el tiempo, por la inconstancia que nos engaña a veces sobre la rapidez de su curso, ¿trataré al menos de mezclar alguna dulzura a vuestras amargas añoranzas?

En cada país, las mujeres tienen encantos particulares que las caracterizan. En Inglaterra nos sentimos atraídos por la elegancia de su talle y la modestia de su porte; en Alemania, por sus labios de rosa y la dulzura de su sonrisa; en Francia, por esa amable alegría que anima todos sus rasgos. En el encanto con que una bella española nos somete hay algo de falaz, algo que se escapa al análisis. Su coquetería es más franca, menos premeditada que la de las demás mujeres. No tiene tanto interés en gustar a todos. Pesa más bien que cuenta las admiraciones que provoca y con una sola le basta una vez que ha hecho su elección. Si no desdeña los éxitos, renuncia al menos a las zalamerías fingidas. Poco debe a los recursos del tocador. El cutis de una española no se adorna jamás con prestada blancura. No suple con artificios el colorido que la naturaleza le ha negado al someterla a la influencia de un clima tórrido. Pero ¡cuántos atractivos compensan su falta de blancura! El amor se ha mostrado avaro con ella al repartir esos tesoros de alabastro que son sus más encantadores joyeles; pero ¡cuántos otros le ha prodigado! ¿Dónde encontrar cinturas más esbeltas que la suya, mayor flexibilidad en los movimientos, mayor finura en los rasgos, más ligereza en los andares? Grave y hasta un poco triste a primera vista, si os dirige sus ojazos expresivos, si acompaña esta mirada con una sonrisa, el hombre más insensible cae a sus pies. Mas si un frío recibimiento no os quita el valor de comunicarle vuestros propósitos, se muestra tan decidida y mortificante en su desdén como seductora si os da alguna esperanza. En este último caso, no son de presumir largos rigores, pero con ella el amor debe sobrevivir al logro de la felicidad y no se puede aplicar al amor español este verso de un conocido idilio:Nourri par l’espérance, il meurt par les plaisirs. (La esperanza lo alimenta, los placeres lo matan).Claro está que el perseverar en el amor de una española es ya un placer, pero es también un deber riguroso y esclaviza. El amor, incluso cuando es correspondido, exige que se le pertenezca por completo. El hombre que se alista en sus filas tiene que hacerle el sacrificio de todos sus afectos, de todos sus gustos, de todo su tiempo y queda condenado no a languidecer sin esperanza, sino a permanecer ocioso. Los afortunados mortales a quienes las mujeres españolas se dignan enamorar y que se llaman cortejos son menos desinteresados, pero no menos asiduos que los chichisbeos de Italia. Tienen que demostrar su abnegación a todas horas, acompañar a su amada al paseo, a los espectáculos y hasta al confesionario. Más de una tormenta turba, sin embargo, la serenidad de esta unión. El más ligero incidente provoca alarmas. Una distracción pasajera se castiga como si se tratase de una infidelidad. Diríase que en España el demonio de los celos ha dejado en paz a los matrimonios y se ha refugiado en el seno del amor, ensañándose con el sexo nacido más para inspirarlos que para sentirlos.

J. F. Bourgoing. Nuevo viaje a España o descripción del estado actual de esta monarquía.Nouveau voyage en Espagne, ou Tabeau de l’etat actuel de cette monarchie.

 

 

sobriedad española

enero 13, 2009
Feliz cien veces el viajero que tenga la suerte de contar con un criado previsor que, habiéndose pertrechado bien en el camino, le presente bocados exquisitos que no hayan recibido el aliento de una Canidia castellana. croquis_de_un_murciano
Mientras se guisan, puede, si se siente poeta, hacer sonetos que rivalicen con aquel del Quijote a Sancho Panza y al jumento y a las alforjas que mostraron tu cuerda providencia. El olorcillo y las noticias de haber llegado golosinas extraordinarias se extiende pronto por el pueblo, y, generalmente, atrae al cura, que es aficionado a saber cosas nuevas y al cual tampoco desagradan los manjares sabrosos. La sobriedad de un español, como su piedad, es una cosa forzada; su pobreza y no su voluntad le obliga a muchos más ayunos que los decretados por la Iglesia. El hambre, la salsa de San Bernardo, es una de las pocas cosas que no faltan en una venta española. Nosotros solíamos tener por costumbre invitar al cura rogándole que bendijese la olla, lo cual hacía siempre de buen grado. Cortés y agradecido, pagaba con creces la visible merma con sus informaciones locales, sus bondades y el crédito que nos daba a los ojos de los naturales del país el ser acogidos y protegidos por su párroco y maestro. No hay que ocultar los, profundos suspiros y exclamaciones,¡qué rico!, que cuando se servía un estofado de perdiz se escapaban de los envidiosos labios del hambriento rebaño al contemplar y oler el oloroso plato al pasar humeando ante ellos como la locomotora de un ferrocarril.
Pero, hay que decirlo, no toda la hospitalidad estaba de una parte: en más de una ruda venta, particularmente en la provincia de Salamanca, nos ha ocurrido que el canoso cura, cuyos emolumentos apenas le bastarían para cubrir sus más perentorias necesidades, al oír que había llegado un inglés, se apresurase a ofrecernos su casa y su mesa. Tal invitación, o la de otro cualquier español, no debe aceptarla el que tenga poco tiempo que perder, o desee una gran libertad; más vale que se invite al buen hombre a sentarse a la cabecera de la mesa de la venta, y se le regala con el mejor cigarro que se tenga, y empezará a contar las proezas de el gran Lor, el Cid de Inglaterra, y contará las victorias del Duque de Wéllington, y se extenderá en consideraciones sobre la buena fe, la piedad y la justicia de nuestros valientes soldados, y la crueldad, rapacidad y perfidia de los que huían ante sus brillantes bayonetas.
Pero volvamos a la venta. Estén las alforjas o el estómago llenos o vacíos, el ventero no se conmoverá a la llegada de un huésped, que no parece sino que él nunca sintió apetito, ni lo perdió, ni ha comido en su vida. Bien es cierto que a los de su ralea nunca se les ve comer como no sea invitado por algún forastero. Parece como si se mantuviera del aire, a semejanza de los sobrios camaleones, y, más aún que él, su mujer y demás parientes, a quienes nunca se ve comer, ni aun con los forasteros; es más, en algunas familias españolas de la clase humilde deben tener una cazuela con sobras, al lado de la del gato, en algún rincón. Tal es la situación de inferioridad en que se tiene a la mujer, lo cual es, sin duda, una reminiscencia de las costumbres romanas y árabes. El marido y señor, el posadero, no concibe por qué los extranjeros son tan impacientes cuando llegan a la posada, y la misma sorpresa demuestran ante su apetito desordenado, siendo lo último que se le ocurre la pregunta usual de un hostelero inglés: ¿Desea usted tomar algo?. Algunas veces, dándole un cigarro, engatusando a la mujer, adulando a la hija y acariciando a Maritornes, quizá se consiga que mate un par de pollos de los que andan por allí picoteándolo todo y esperando que los atrapen y los guisen en la cazuela.

(Richard Ford. Cosas de España. El pais de lo imprevisto. Gatherings from Spain)

españolismo

enero 13, 2009
El peligro y el interés general apenas logran reunirlos, pues la tendencia de todos es más bien huirse que atraerse unos a otros. Alejado el enemigo común, inmediatamente vienen a las manos, sobretodo si hay botín que repartir; apenas alguna vez, como sucede en Oriente, la energía de un hombre puede unir las voluntades sueltas con la fuerza de hierro de una inteligencia privilegiada, como el aro sujeta las duelas de un tonel; pero apenas el aro se afloja, se desunen aquéllas. De este modo se ha neutralizado la virilidad y vitalidad del noble pueblo, que tiene un corazón honrado y miembros fuertes, pero, como en la parábola oriental, necesita«una cabeza» que dirija y gobierne.
España es hoy, como siempre ha sido, un conjunto de cuerpos sostenidos por una cuerda de arena, y, como carece de unión, tampoco tiene fuerza y ha sido vencida en grupos sueltos. La frase tan traída y llevada de Españolismo expresa más bien la «antipatía a un dominio extranjero» y el«orgullo» de los españoles, españoles sobre todos , que un patriótico y verdadero amor a su país, a pesar de que coloca sus excelencias y superioridad muy por encima de las de otro cualquiera. Esta opinión está expresada muy gráficamente por uno de esos expresivos proverbios que, en España más que en parte alguna, son el reflejo del sentir popular: Quien dice España dice todo . Un extranjero encontrará esto, quizá, demasiado exclusivo y general, pero hará bien en no expresar dudas sobre este asunto, si no quiere ser considerado por todos los indígenas como una persona envidiosa, desconfiada o ignorante o, probablemente, las tres cosas juntas.
La debilidad nacional en España, decía el duque de Wellington es alardear de su fuerza. Cada partícula infinitesimal de lo que constituye nosotros , como dicen los españoles, hablará de su país como si aún sus ejércitos fuesen conducidos a la victoria por el poderoso Carlos V o los Consejos estuviesen gobernados por Felipe II en lugar de Luis-Felipe. Ventura grande fue, ciertamente, según un predicador español, que los Pirineos ocultasen a España cuando el Malo tentó al Hijo del Hombre con la oferta de todos los reinos del mundo y su gloria. Bien es cierto que esto se practicaba en la ignorante época medieval, pero pocos peninsulares, aun en estos tiempos, dejarían de estar conformes con la con secuencia.

(Richard Ford. Cosas de España. El pais de lo imprevisto. Gatherings from Spain)