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La gente de Madrid

mayo 25, 2009
garrote de un asesino

garrote de un asesino

Una mañana, mientras me desayunaba con los pies encima del brasero, entró la patrona en mi aposento y me dijo: « Don Jorge, aquí está mi hijo Baltasarito, el nacional. Ya se levanta de la cama y, al saber que teníamos un inglés en casa, me ha pedido que le presente, porque tiene mucha afición a los ingleses por sus ideas liberales. Aquí le tiene usted, ¿qué le parece?»,

Me guardé de decir a su madre mi opinión. A mi parecer, hacía muy bien en llamarle Baltasarito, porque jamás el antiguo y sonoro nombre de Baltasar se habría dado a sujeto tan exiguo. Podría tener hasta cinco pies y una pulgada de altura y era más bien corpulento para su talla; el rostro amarillento y enfermizo, pero con cierta expresión de fanfarronería; los ojos pardos, muy oscuros, eran vivos y brillantes. Iba vestido, o más bien desvestido, malamente, con una gorra de cuartel y un capote de reglamento, viejo y muy holgado, que hacía las veces de bata.

– Celebro mucho conocerle, señor nacional -le dije en cuanto su madre se retiró y así que Baltasar se hubo sentado y encendido, claro está, un cigarro de papel en el brasero-. Me alegro mucho de haberle conocido, sobre todo porque, según me ha dicho su señora madre, tiene usted gran influencia con los nacionales. Yo, como extranjero, puedo tener necesidad de un amigo; la fortuna me favorece al proporcionarme uno que es miembro de tan poderoso cuerpo.

BALTASAR: Sí, tengo bastante mano con los otros nacionales; en Madrid no hay ninguno más conocido que Baltasar ni más temido por los carlistas. ¿Dice usted que puede hacerle falta un amigo? Pues ya sabe que dispone de mí para cuanto se le ofrezca. Tanto yo como los demás nacionales nos enorgulleceremos sirviéndole a usted de padrinos, si tiene entre manos algún lance de honor. Pero ¿por qué no se hace usted de los nuestros? Le recibiríamos a usted con mucho gusto en el cuerpo.

YO: ¿Son muy duras las obligaciones de un nacional?

BALTASAR: Nada de eso. Estamos de servicio una vez cada quince días y luego suele haber alguna revista de poca duración. Las obligaciones son ligeras y los privilegios grandes. Por ejemplo, yo he visto a tres compañeros míos pasearse un domingo por el Prado, armados de estacas, y apalear a cuantos les parecían sospechosos. Más aún: tenemos la costumbre de rondar de noche por las calles, y cuando tropezamos con alguien que nos desagrada, caemos sobre él y, a cuchilladas o bayonetazos, le dejamos, por lo común, en el suelo revolcándose en su propia sangre. Sólo a un nacional se le permitiría hacer tales cosas.

YO: Supongo que todos los nacionales serán de opinión liberal.

BALTASAR: ¡Así debiera ser! Pero hay algunos, don Jorge, que no nos parecen muy de fiar. Son pocos, sin embargo, ya casi todos los conocemos. La vida que llevan es poco envidiable, porque cuando están de guardia, nos burlamos de ellos y con frecuencia los damos de palos. La ley obliga a todos los hombres de cierta edad a servir en el Ejército o a alistarse en la Guardia Nacional ; por eso hay en nuestras filas algunos de esos godos.

YO: ¿Hay muchos carlistas en Madrid?

BALTASAR: Entre la gente joven, no; la mayor parte de los carlistas madrileños capaces de llevar armas se fueron hace tiempo a la facción. Los que quedan son casi todos viejos o curas, buenos tan sólo para reunirse en algún café apartado y proyectar fantásticos complots. ¡Que hablen, don Jorge, que hablen! Los destinos de España no dependen de los deseos de ojalateros y pasteleros, sino de las manos de los nacionales, intrépidos y firmes, como yo y mis amigos, don Jorge.

YO: Por su señora madre he sabido, con pena, que hace usted una vida muy desordenada.

BALTASAR: ¡Cómo! ¿Se lo ha dicho a usted, don Jorge? ¡Qué quiere usted, don Jorge! Soy joven, y la sangre joven hierve en las venas. Los nacionales me llaman el alegre Baltasar y mi popularidad se funda en la jovialidad de mi carácter y en mis ideas liberales. Cuando estoy de guardia, llevo siempre la guitarra, ¡y si viera usted qué función se arma! Mandamos por vino, y los nacionales se pasan la noche bebiendo y bailando, mientras Baltasarito toca la guitarra y canta canciones de Germanía:

Una romí sin pachí

le penó a su chindomar, etc.

 Esto es gitano, don Jorge. Me lo han enseñado los toreros de Andalucía; todos hablan gitano, y muchos lo son de raza. Montes, Sevilla, Poquito Pan, son amigos míos. No hay función de toros, don Jorge, en que no esté Baltasar con su amiga. En el invierno no se dan corridas de toros, don Jorge, que si no, le llevaría a usted a una; por suerte, mañana hay una ejecución; una función de la horca, e iremos a verla, don Jorge.

Fuimos a ver la ejecución, que no se me olvidará en mucho tiempo. Los reos eran dos jóvenes, dos hermanos, culpables de haber escalado de noche la casa de un anciano y asesinádole cruelmente para robarle. En España estrangulan a los reos de muerte contra un poste de madera en lugar de colgarlos, como en Inglaterra, o de guillotinarlos, como en Francia. Para ello, los sientan en una especie de banco, con un palo detrás, al que se fija un collar de hierro, provisto de un tornillo; con el collar se le abarca el cuello al reo, y a una señal dada, se aprieta con el tornillo hasta que el paciente expira. Mucho tiempo llevábamos ya esperando entre la multitud, cuando apareció el primer reo, montado en un asno, sin silla ni estribos, de modo que las piernas casi le arrastraban por el suelo. Vestía una túnica de color amarillo azufre, con un gorro encarnado, alto y puntiagudo, en la rapada cabeza. Sostenía entre las manos un pergamino, en el que había escrito algo, supongo que la confesión de su delito. Dos curas llevaban al borrico por el ramal; otros dos caminaban a cada lado, cantando letanías, en las que percibí palabras de paz y tranquilidad celestiales; el delincuente se había reconciliado con la Iglesia, confesado sus culpas y recibido la absolución, con promesa de ser admitido en el cielo. Sin mostrar el más leve temor, el reo se apeó y subió sin ayuda al cadalso, donde le sentaron en el banquillo y le echaron al cuello el corbatín fatal. Uno de los curas comenzó entonces a decir el Credo en voz alta, y el reo repetía las palabras. De pronto, el ejecutor, colocado detrás de él, dio vueltas al tornillo, de prodigiosa fuerza, y casi instantáneamente aquel desdichado murió. A tiempo que el tornillo giraba, el cura comenzó a gritar, pax et misericordia et tranquillitas, y gritando continuó, en voz cada vez más recia, hasta hacer retemblar los altos muros de Madrid. Luego se inclinó, puso la boca junto al oído del reo, y de nuevo clamó, como si quisiera perseguir a su alma en su marcha hacia la eternidad y consolarla en el camino. El efecto era tremendo. Yo mismo me excité tanto, que involuntariamente exclamé: ¡Misericordia! y lo mismo hicieron otros muchos. Nadie pensaba allí en Dios ni en Cristo; todos los pensamientos se concentraban en el cura, que en tal momento parecía el más importante de todos los seres vivos, con poder suficiente para abrir y cerrar las puertas del cielo o del infierno, según lo tuviese a bien; pasmoso ejemplo del sistema papista imperante, cuyo principal designio fue siempre mantener el ánimo del pueblo todo lo apartado de Dios que podía, y en concentrar en el clero sus esperanzas y temores. La ejecución del segundo reo fue enteramente igual; subió al patíbulo a los pocos minutos de haber expirado su hermano.

garrote de un asesino

El gitano rico

mayo 25, 2009

croquis_hecho_en_albacete– ¿Qué montañas son ésas? -pregunté a un barbero sangrador, que, montado en una burra del mismo pelo que la mía, emparejó conmigo a eso del mediodía y me acompañó durante unas cuantas leguas.

– Se llaman de diverso modo, caballero -respondió el barbero-, según los nombres de los lugares inmediatos. Aquellas de allá lejos son la serranía de Plasencia; las que hay frente a Madrid son las montañas de Guadarrama, por un río de este nombre que en ellas nace. La cordillera es muy grande, caballero, y separa los dos reinos; del lado de allá está Castilla la Vieja. Son magníficas estas montañas y, aunque nos mandan muchísimo frío, a mí me agrada contempladas, cosa que no es de extrañar, pues he nacido en ellas, aunque ahora, por mis pecados, vivo en un pueblo del llano. No hay en toda España cordillera como ésta, caballero; tiene sus secretos, sus misterios. Muchas cosas singulares se cuentan de esas montañas y de lo que ocultan en sus profundos escondrijos, porque ha de saber usted que la cordillera es muy ancha y se puede andar por ella días y días sin llegar a término. Muchos se han perdido en ella y no ha vuelto a saberse nada de su paradero. Entre otras rarezas, cuentan que en ciertos sitios hay profundas lagunas habitadas por monstruos, tales como serpientes corpulentas, más largas que un pino, y caballos de agua que a veces salen de allí y cometen mil estropicios. Es cosa averiguada que allá lejos, hacia el Oeste, en el corazón de la montaña, hay un valle maravilloso, tan estrecho que en él sólo se le ve la cara al sol en pleno mediodía. Este valle permaneció desconocido durante miles de años; nadie soñaba su existencia. Pero, al cabo, hace mucho tiempo, unos cazadores entraron en él casualmente. ¿Y sabe usted lo que encontraron, caballero? Encontraron una pequeña nación o tribu de gente desconocida, que hablaba una lengua ignorada y que acaso vivía desde la creación del mundo sin tratarse con las otras criaturas humanas y sin saber de la existencia de otros seres cerca de ellos. Caballero, ¿no ha oído usted hablar nunca del valle de las Batuecas? Se han escrito muchos libros acerca de este valle y de sus habitantes. A mí me enorgullecen esas montañas, caballero; si yo fuera hombre independiente, sin mujer y sin hijos, compraría una burra como la de usted -excelente, por lo que veo, y mucho mejor que la mía- y me iría a recorrer esas montañas hasta descubrir todos sus misterios y haber visto las maravillas que contienen.

No cesé en todo el día de avivar el paso de la burra y sólo me detuve una vez para echarle un pienso; pero, aunque el animalito se portó muy bien, llegó la noche y aún me faltaban dos leguas hasta Talavera. Al ponerse el sol arreció el frío; me arropé lo mejor posible con la capa vieja del gitano, que aún traía conmigo; pero resultó escasa defensa contra la inclemente noche. El camino, siempre por terreno llano, estaba medio borrado, y en la oscuridad era a veces difícil encontrarlo, sobre todo por los muchos atajos y veredas que lo cruzaban. Seguí adelante, empero, como pude, y cuando dudaba de la dirección que debía tomar, me abandonaba al instinto de mi cabalgadura. Salió al fin la luna y a su débil luz distinguí de pronto un bulto que se movía a muy corta distancia de mí. Aligeré el paso de la burra y no tardé en ponerme a su lado. El bulto continuó sin alterar su marcha un momento ni mirar. La silueta era de hombre, el más alto y corpulento que hasta entonces había yo encontrado en España, vestido también de un modo desusado en el país. Llevaba un sombrero bajo de copa y ancho de alas, muy semejante al de los carreteros ingleses; envolvíase el cuerpo en una especie de túnica larga y suelta, de cutí ordinario, abierta por delante, lo que permitía ver en ocasiones el resto de su traje, compuesto de un jubón y unos calzones de pana. Como he dicho, el ala de su sombrero era ancha; pero, aun siéndolo, no bastaba para cubrir un inmenso matorral de pelo negro como el carbón, espeso y rizado, que se desbordaba por todos lados. Colgadas del hombro izquierdo llevaba unas alforjas, y en la mano derecha, una pértiga.

Había algo extraño en todo su continente; pero lo más chocante era la tranquilidad con que seguía andando sin ocuparse de mí, aunque, naturalmente, se daba cuenta de mi proximidad; miraba con fijeza al camino delante de sí, salvo cuando alzaba su ancha faz y clavaba sus grandes ojos en la luna, que brillaba con fuerza en el cielo.

– Está fría la noche -díjele al fin-. ¿Es éste el camino de Talavera?

– Éste es el camino de Talavera y la noche está fría.

– Yo voy a Talavera -añadí-; supongo que usted también.

– Allí voy yo; usted también va, bueno.

La entonación con que pronunció estas palabras era, en su línea, tan extraña y singular como el aspecto del hombre que las decía; no era exactamente la de una voz española y, sin embargo, había algo en ellas que a duras penas podía ser extranjero; la pronunciación era también correcta, y el lenguaje, aunque insólito, sin faltas. Me chocó, sobre todo, la manera como había dicho la palabra bueno; algo parecido había oído yo en otra ocasión, pero no podía recordar cuándo ni dónde. Hubo una pausa. El desconocido andaba con paso arrogante y con perfecta indiferencia; al parecer, estaba dispuesto a no buscar ni esquivar la conversación.

– ¿No le da a usted miedo viajar por estos caminos de noche? -le pregunté-. Dicen que están llenos de ladrones.

– ¿Y no le debía dar a usted más miedo viajar por estos caminos de noche? ¿A usted, que desconoce el país? ¿A usted, que es un extranjero, un inglés?

– ¿Cómo sabe usted que soy inglés? -pregunté, lleno de sorpresa.

– No es cosa difícil; se lo he conocido en el acento.

– Ya que habla usted de eso -dije yo-, ¿y si su acento me descubriese también quién es usted?

– No puede ser -replicó mi compañero-; usted no sabe nada de mí ni puede saberlo.

– No lo diga usted con tanta seguridad, amigo mío; yo estoy enterado de muchas más cosas de las que usted se figura.

– ¿Por ejemplo? -dijo el desconocido.

– Por ejemplo -repliqué-, usted habla dos idiomas.

El hombre anduvo un poco en actitud reflexiva y luego dijo en voz baja:

– Bueno.

– Usted tiene dos nombres -continué-: uno, para el interior de su casa, y otro, para la calle. Ambos son buenos; pero el del hogar es el que usted más quiere de los dos.

Anduvo otros cuantos pasos en la misma actitud que antes, de pronto se volvió y, tomando nuevamente las riendas de la burra, la detuvo. Entonces contemplé de lleno su rostro y toda su persona; aún se me aparecen a veces en sueños sus formas hercúleas y sus facciones desmesuradas. Le vi plantado ante mí, bañado por la luz de la luna, mirándome a la cara con sus profundos y tranquilos ojos. Al cabo me dijo: «¿Es usted uno de los nuestros?».

Era ya muy entrada la noche cuando llegamos a Talavera. Fuimos a una casona lóbrega, la posada principal de la ciudad, según me dijo mi compañero. Entramos en la cocina, en uno de cuyos extremos ardía una buena lumbre. «Pepita -dijo mi compañero a una linda muchacha que salió a nuestro encuentro sonriendo-, un brasero y un cuarto reservado. Este caballero es un amigo mío y cenaremos juntos.» Pronto estuvo dispuesta la habitación, en la que había dos alcobas con sendas camas. Después de una cena que, por encargo de mi compañero, fue excelentísima nos sentamos junto al brasero y comenzamos a hablar.

YO: Claro está que usted ha hablado con otros ingleses, porque en otro caso no me hubiera reconocido por el tono de la voz.

ABARBANEL: Cuando estalló la guerra de la Independencia, siendo yo un muchacho, vino al lugar en que yo vivía con mi familia un oficial inglés, encargado de instruir a los reclutas; se alojó en casa de mi padre y me cobró gran afecto. Al marcharse me fui con él, con permiso de mi padre, y le acompañé por ambas Castillas como camarada y criado a la vez. Juntos estuvimos casi un año, y cuando, súbitamente, le mandaron volver a su país, quiso llevarme consigo; pero mi padre no lo consintió en modo alguno. Veinticinco años han pasado sin ver ningún inglés; a pesar de ello, le he conocido a usted en plena oscuridad.

YO: ¿Y qué género de vida hace usted y cuáles son sus medios de subsistencia?

ABARBANEL: Vivo sin dificultad alguna, como creo que vivieron mis antepasados y como vivió, con toda certeza, mi padre, cuya misma ruta he seguido. A su muerte tomé posesión de la herencia; era yo hijo único; los bienes, muchos; hubiera podido vivir sin trabajar; pero a fin de no llamar la atención, seguí el oficio de mi padre, que era longanicero. A veces he tratado también en lana, pero sin gran empeño, por falta de estímulo. Con todo, he tenido buena suerte; en ocasiones, una suerte extraordinaria, y he ganado más que muchos otros entregados por completo al comercio y que se matan a trabajar.

YO: ¿Tiene usted hijos? ¿Está usted casado?

ABARBANEL: Soy casado, pero sin hijos. Tengo mujer y una amiga o, más bien, dos mujeres, porque con ambas estoy casado; pero a una la llamo amiga por guardar las apariencias; quiero vivir tranquilo y no tengo gana de ofender los prejuicios de la gente que me rodea.

YO: Dice usted que es rico. ¿En qué consisten sus riquezas?

ABARBANEL: En oro, plata y piedras preciosas, pues he heredado todo lo que mis abuelos atesoraron. La mayor parte está escondido debajo de la tierra; la verdad es que ni siquiera he visto la décima parte de ello. Tengo monedas de oro y plata anteriores al tiempo de Femando el Maldito y Jezabel; también tengo sumas importantes dadas a préstamo. Vivimos muy apartados, sin embargo, y nos hacemos pasar por pobres, incluso por miserables; pero en ciertas ocasiones, en nuestras fiestas, una vez cerradas y atrancadas las puertas y después de soltar los perros fieros en el corral, comemos en vajillas como ya las quisiera para sí la reina de España, y hacemos las abluciones en salvillas de plata modeladas y repujadas antes del descubrimiento de América, aunque vayamos siempre groseramente vestidos y nuestras comidas sean de ordinario muy modestas.

YO: Además de usted y de sus mujeres, ¿hay en su casa alguna otra persona de su gremio?

ABARBANEL: Mis dos criados son también de los nuestros; uno es joven y pronto se marchará a casarse lejos de aquí; el otro es viejo y viene por este mismo camino detrás de mí con un carro y una mula.

YO: ¿Y adónde se dirige usted ahora?

ABARBANEL: A Toledo, donde a veces trafico como longanicero. Me gusta viajar, aunque sin alejarme mucho de mi casa. Desde que me separé del inglés no he vuelto a salir de Castilla la Nueva. Me gusta ir a Toledo y pensar allí en los tiempos que fueron; acabaría por establecerme en esa ciudad, si no hubiera en ella tantos malditos que me miran con malos ojos.

YO: ¿Le conocen a usted por lo que realmente es? ¿Le molestan las autoridades?

ABARBANEL: La gente sospecha, naturalmente, lo que yo soy; pero como en casi todo me acomodo a sus costumbres, no se mezclan en mis asuntos. Es verdad que algunas veces, cuando entro en la iglesia a oír misa, me miran por encima del hombro, como diciendo: «¿A qué vienes aquí?». Algunas veces se santiguan al pasar a mi lado; pero como se limitan a eso, no me preocupo gran cosa de ellos. Con las autoridades estoy en muy buenas relaciones. Muchos de los que desempeñan puestos elevados tienen dinero mío prestado, de modo que hasta cierto punto los tengo en mi poder, y la gente menuda, alguaciles y corchetes , está siempre dispuesta a favorecerme, en consideración a unos cuantos duros que reparto de vez en cuando entre ellos; de modo que, en conjunto, las cosas no pueden ir mejor. Cierto que antiguamente no ocurría así; sin embargo, yo no sé por qué sería, pero aunque otras familias lo pasaron muy mal, la nuestra disfrutó siempre de relativa tranquilidad. La verdad es que mi familia ha sabido conducirse siempre por modo maravilloso. Puedo decir que hay en ella una sagacidad parecida a la de la serpiente. Siempre hemos tenido amigos; con respecto a los enemigos, es la verdad que nunca nos han hecho daño impunemente, porque es regla de mi casa no olvidar las injurias y no escatimar esfuerzos ni gastos para arruinar y destruir al que nos perjudica.

YO: ¿Se meten con usted los curas?

ABARBANEL: Los curas me dejan en paz, sobre todo en nuestro mismo pueblo. Poco después de la muerte de mi padre, uno muy exaltado trató de jugarme una mala pasada; pero yo me las arreglé para pagarle en la misma moneda, y logré que le encarcelaran acusado de blasfemia y en la cárcel estuvo mucho tiempo, hasta que se volvió loco y murió.

YO: ¿Tienen ustedes en España alguna persona que haga cabeza, investida de la suprema autoridad?

ABARBANEL: Tanto como eso, no. Hay, sin embargo, ciertas familias virtuosas que gozan de mucha consideración: la mía es una de ellas -la principal, puedo decir-. Especialmente, mi abuelo era un varón justo, y oí contar a mí padre que una noche un arzobispo fue secretamente a nuestra casa sólo para tener el gusto de besar la mano a mi abuelo.

YO: ¿Cómo es posible eso? ¿Qué veneración puede sentir un arzobispo por uno como usted o como su abuelo?

ABARBANEL: Más de lo que usted se figura. El arzobispo era de los nuestros, o por lo menos lo había sido su padre, y él no podía olvidar lo que aprendió a reverenciar en la infancia. Dijo que había intentado inútilmente olvidarlo, que el ruals se cernía siempre sobre él y que desde la niñez los terrores conturbaban su ánimo hasta llegar al punto de no poder sufrirse a sí mismo. Por esto fue a ver a mi abuelo, con quien permaneció toda una noche, y luego se volvió a su diócesis, donde murió poco después en gran opinión de santo.

YO: Me sorprende lo que usted dice. ¿Tiene usted algún motivo para suponer que entre el clero católico hay muchos de los vuestros?

ABARBANEL: No lo supongo, lo sé. Hay muchos como yo en el clero y no de rango inferior tan sólo. Algunos de los más sabios y famosos clérigos de España han sido de los nuestros, o al menos de nuestra sangre, y muchos de ellos, hoy en día, piensan como yo. Hay una fiesta especial en el año, en la cual cuatro dignatarios eclesiásticos vienen sin falta a visitarme, y cuando, tomadas las necesarias precauciones, se cumplen las ceremonias preparatorias, se sientan en el suelo y blasfeman.

YO: ¿Son ustedes muchos en las ciudades importantes?

ABARBANEL: De ningún modo; rara vez vivimos en las ciudades grandes; sólo vamos a ellas para nuestros negocios y preferimos vivir en los pueblos. Cierto que no somos mucha gente; en pocas provincias de España contaremos más de veinte familias. Ninguno de los nuestros es pobre. Los que sirven lo hacen por conveniencia más que por necesidad, porque sirviendo unos en casa de otros se adiestran en tráficos diferentes. No es raro tampoco que el tiempo que se sirve sea el del noviazgo, y los criados se casan a veces con las hijas de sus amos.

Continuamos hablando casi toda la noche; a la mañana siguiente me dispuse a partir, pero mi compañero me aconsejó que me quedase allí todo el día. «Y si quiere usted hacerme caso -añadió-, no debe usted ir más lejos de ese modo. Esta noche pasará por aquí la diligencia de Extremadura a Madrid. Váyase en ella; es el modo más rápido y seguro de viajar. Yo le compraré a usted la burra. Mi criado, que ya ha venido, la ha visto y me dice que puede sernos útil. Pasaremos el día juntos, como hermanos, y luego nos iremos cada uno por nuestro lado.» Así lo hicimos. Cuando llegó la diligencia me metí en ella y en la mañana del segundo día llegué a Madrid.