Archive for the ‘la mujer’ Category

Costumbres disolutas

febrero 25, 2009

hombre_y_mujer_en_la_fuente_de_carmonaTratar de explicar la disolución de costumbres es confesar que existe. La depravación amorosa llega en España hasta el escándalo y a menudo el sexo destinado por la naturaleza para esperar el placer lo provoca. No es raro recibir por escrito la expresión de deseos inspirados inadvertidamente, y la vida licenciosa no se corrige ni con los horrorosos resultados que la hacen expiar. Este horrible regalo del Nuevo Mundo al antiguo es en España patrimonio de familias enteras y fácil es darse cuenta de ello al advertir habituado, es terriblemente activo para con las personas nacidas en otros climas, y aunque mil encantos atraen junto a las bellezas que me complazco en elogiar, tan fatales consecuencias explican y justifican el saludable temor con que más de un extranjero cauto procura escapar a su yugo.

La depravación de costumbres no es tanta como se complacen en afirmar los libertinos, siempre exagerados en sus indiscreciones. Hay, incluso en Madrid, muchos matrimonios ejemplares, esposos fieles, mujeres que serían citadas en todas partes como modelos de honestidad y recato. Las jóvenes, aunque generalmente poco reservadas en sus maneras, dan mucho menos de lo que placeres tan vergonzosos como fáciles son frecuentes para quienes las buscan, la prostitución no tiene por lo menos la misma la persigue a veces hasta en sus más ocultos escondrijos. Y, cosa singular en un país donde tan común es la vida disipada y donde hay tanto rico ocioso: no se da el tipo de cortesana que ostente con lujo el salario de su lubricidad. Entre los grandes personajes que en otras partes alardean de la corrupción que su opulencia les permite mantener se conserva aún una especie de pudor en el desenfreno, y el misterio embellece hasta los amores más vergonzosos.

Tengo que añadir todavía, en honor del bello sexo español, que las mujeres no se permiten en sociedad familiaridades que en otras naciones, en que los sentidos no se inflaman tan súbitamente, se ven con indiferencia. Esta desconfianza de sí mismas es por lo menos un tributo que su debilidad paga al pudor y, por ejemplo, no se dejarían dar en público ni el más casto de los besos. Los besos que en algunas de nuestras comedias se ofrecen sin malicia ante los espectadores, están severamente excluidos del teatro español.

Voy a referir un rasgo quizá sin importancia, pero es prueba de la excesiva delicadeza, que hace extraño contraste con ciertas costumbres a menudo groseras y a veces repulsivas. Todo extranjero que haya viajado por España, y especialmente por Castilla, habrá observado esos grupos de gente del pueblo que, sentados al sol, entretienen su pereza matándose los piojos. Entre amantes de esta clase es una demostración de mutua ternura. Pues bien, al verter al español nuestra obra Le Tomboir, el escrupuloso traductor no se atrevió a incluir el beso furtivo que originaba el desenlace. ¿Con qué lo ha ido a sustituir? En la escena decisiva, mientras el maestro tonelero está ocupado en el interior de su taller, el amigo entra a hurtadillas y se sienta en el suelo, a los pies de la ingenua Fauchette, quien, con sus dedos deliciosos, limpia la cabeza del afortunado rival. En esta situación de conmovedora familiaridad, mientras los dos amantes prueban de manera tan inequívoca su mutua ternura, son sorprendidos por el viejo celoso.

Volviendo al tema de que esta digresión nos ha apartado, diremos que, si la mujer española no recibiría en público el más casto de los besos, con tal que no se acerque uno demasiado a ella, admite y hasta inicia esas provocaciones de que en otras partes se escandaliza la decencia. En la conversación, perdonan fácilmente los equívocos, los retruécanos salaces y las indiscreciones. He visto acoger, y hasta permitirse, un lenguaje que hombres poco delicados hubiesen reservado para sus orgías, como también entonar canciones de una inconveniencia sorprendente. Más de una vez quedé asombrado ante los relatos obscenos de ciertas mujeres «de buena familia». Incluso he oído a algunas complacerse en referir pormenores de sus voluptuosidades y parecer sorprendidas ante la confusión de sus oyentes. Las mujeres que permiten o se permiten esas libertades de lenguaje no son ciertamente más seductoras por eso, pero tampoco son más fáciles de seducir.

J. F. Bourgoing. Nuevo viaje a España o descripción del estado actual de esta monarquía.Nouveau voyage en Espagne, ou Tabeau de l’etat actuel de cette monarchie.Grabados de G.Dore. Hombre y mujer en la fuente de Carmona

 

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Mujer y celos

febrero 25, 2009

Los españoles pueden enorgullecerse de haber vencido las influencias que pudieron conducirles a ciertos excesos. Me refiero sobre todo a una depravación condenada por la naturaleza, depresiva para el bello sexo y demasiado corriente entre los pueblos meridionales. Eso es absolutamente desconocido en España.sevilla2

Los celos, que son también depresivos para la mujer, parecen ser consecuencia de un clima que comunica su ardor a los sentidos y a la imaginación. Esta pasión odiosa, que antes era ofensiva en sus sospechas, injuriosa y cruel en sus precauciones, implacable en sus agravios, está muy atenuada en los españoles modernos. Si en España los amantes son exigentes y recelosos, si atormentan con sus sospechas y se muestran atroces en sus venganzas, no hay en cambio país europeo que cuente menos maridos celosos. Las mujeres, a las que antiguamente se ocultaba a las miradas y apenas era permitido entreverlas a través de los intersticios de las celosías, que deben sin duda su nombre al vil sentimiento que las inventó, las mujeres, digo, gozan de entera libertad. Sus mantillas, única huella de la antigua esclavitud, sólo sirven ya para resguardar sus encantos del ardiente sol y aumentan su atractivo.

Inventadas por los celos, la coquetería las ha convertido en una de las galas más seductoras y, al favorecer el misterio, aseguran la impunidad de las trapisondas amorosas. Eso de los amantes que, bajo el balcón de su invisible adorada, suspiraban sin esperanza de aliviar su doloroso martirio, con la guitarra , como único testigo e intérprete de su dolor, ya no se ve más que en las comedias. Las conquistas son ahora menos penosas y menos lentas, los esposos más tratables y las mujeres más accesibles.

¡Las mujeres! ¿Quién, ante esta palabra, no se siente movido por tierno interés? ¿Quién se negaría a perdonarles sus caprichos, a someterse a sus rigores y disculpar sus debilidades? Vosotros sobre todo, extranjeros, que habéis suspirado a los pies de una española, ¿no experimentáis estos sentimientos al pensar en las seductoras cadenas que os esclavizan? ¿Intentaré trazar un esbozo del objeto de vuestras adoraciones y haceros revivir vuestros placeres? O, si os han sido arrebatados por la ausencia, por el tiempo, por la inconstancia que nos engaña a veces sobre la rapidez de su curso, ¿trataré al menos de mezclar alguna dulzura a vuestras amargas añoranzas?

En cada país, las mujeres tienen encantos particulares que las caracterizan. En Inglaterra nos sentimos atraídos por la elegancia de su talle y la modestia de su porte; en Alemania, por sus labios de rosa y la dulzura de su sonrisa; en Francia, por esa amable alegría que anima todos sus rasgos. En el encanto con que una bella española nos somete hay algo de falaz, algo que se escapa al análisis. Su coquetería es más franca, menos premeditada que la de las demás mujeres. No tiene tanto interés en gustar a todos. Pesa más bien que cuenta las admiraciones que provoca y con una sola le basta una vez que ha hecho su elección. Si no desdeña los éxitos, renuncia al menos a las zalamerías fingidas. Poco debe a los recursos del tocador. El cutis de una española no se adorna jamás con prestada blancura. No suple con artificios el colorido que la naturaleza le ha negado al someterla a la influencia de un clima tórrido. Pero ¡cuántos atractivos compensan su falta de blancura! El amor se ha mostrado avaro con ella al repartir esos tesoros de alabastro que son sus más encantadores joyeles; pero ¡cuántos otros le ha prodigado! ¿Dónde encontrar cinturas más esbeltas que la suya, mayor flexibilidad en los movimientos, mayor finura en los rasgos, más ligereza en los andares? Grave y hasta un poco triste a primera vista, si os dirige sus ojazos expresivos, si acompaña esta mirada con una sonrisa, el hombre más insensible cae a sus pies. Mas si un frío recibimiento no os quita el valor de comunicarle vuestros propósitos, se muestra tan decidida y mortificante en su desdén como seductora si os da alguna esperanza. En este último caso, no son de presumir largos rigores, pero con ella el amor debe sobrevivir al logro de la felicidad y no se puede aplicar al amor español este verso de un conocido idilio:Nourri par l’espérance, il meurt par les plaisirs. (La esperanza lo alimenta, los placeres lo matan).Claro está que el perseverar en el amor de una española es ya un placer, pero es también un deber riguroso y esclaviza. El amor, incluso cuando es correspondido, exige que se le pertenezca por completo. El hombre que se alista en sus filas tiene que hacerle el sacrificio de todos sus afectos, de todos sus gustos, de todo su tiempo y queda condenado no a languidecer sin esperanza, sino a permanecer ocioso. Los afortunados mortales a quienes las mujeres españolas se dignan enamorar y que se llaman cortejos son menos desinteresados, pero no menos asiduos que los chichisbeos de Italia. Tienen que demostrar su abnegación a todas horas, acompañar a su amada al paseo, a los espectáculos y hasta al confesionario. Más de una tormenta turba, sin embargo, la serenidad de esta unión. El más ligero incidente provoca alarmas. Una distracción pasajera se castiga como si se tratase de una infidelidad. Diríase que en España el demonio de los celos ha dejado en paz a los matrimonios y se ha refugiado en el seno del amor, ensañándose con el sexo nacido más para inspirarlos que para sentirlos.

J. F. Bourgoing. Nuevo viaje a España o descripción del estado actual de esta monarquía.Nouveau voyage en Espagne, ou Tabeau de l’etat actuel de cette monarchie.