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Los medicos españoles

enero 2, 2009
Después de tratar de los venteros españoles, nos fue cosa fácil hablar de los ladrones, y no es más difícil pasar de este tema al de los médicos. Aquéllos, al menos, ofrecen una cortés alternativa, puesto que piden «la bolsa o la vida», mientras que los médicos, en la mayor parte de los casos, se quedan con ambas; pero por no vestirse de modo tan pintoresco, ni ejercer su oficio de manera tan dramática, no gozan de tanta reputación en Europa como los bandoleros. Por el contrario, mientras todos los que han escrito y escriben sobre la Península nos advierten que debemos guardarnos de los ladrones que se ocultan en las encrucijadas de los caminos, nadie nos pone en guardia contra el sangrado, cuyo arte es más mortífero que la insolación, tan corriente en Castilla.

¡Desgraciado del que caiga en sus manos! Ya puede ir previniendo que tomen medida de su sepultura, pues, como suelen decir, tomar el pulso es pronosticar al enfermo la losa. Probablemente, por conocer bien a esta clase de gente, vino, o fué enviado a Madrid, desde París, monsieur Orfila, cuando se casó Montpensier con la Infanta, con la esperanza de librar a su hermana mayor la reina, a la «inocente» Isabel, de la lanceta, de las fatales lancetas indígenas, una bienintencionada interferencia del extranjero, dicho sea de paso, que ofendió a la facultad española y que rechazó unánimemente; y tampoco fueron recibidas con el agradecimiento que se merecían las previsoras advertencias de este eminente toxicólogo, o investigador de materias venenosas, con respecto a la administración de medicinas.

Aunque en otro tiempo los hospitales y casas de misericordia de España estuvieron magníficamente dotados, hoy no queda nada del antiguo esplendor para la pobre y doliente humanidad. Administradores y mangoneadores entraron a saco en sus bienes, y han acabado con todo. Los depositarios de las rentas para beneficencia se ven sin defensa alguna contra la avaricia oficial, y, siendo cuerpos sociales, carecen de la santidad de los intereses privados, que todo el mundo defiende. De aquí vino que el codicioso privado, Godoy, empezara la expoliación, apoderándose de los fondos y dando, en cambio, garantías gubernamentales que, naturalmente, pronto no tuvieron valor alguno. Luego vino la invasión francesa y la conspiración de los déspotas militares. La guerra civil hizo lo restante, y ahora que se han suprimido los conventos, la falta se nota mucho más, pues antes, en las comarcas arrinconadas, los frailes socorrían a los pobres y procuraban medicinas a los enfermos. En general, y salvo raras excepciones, los hospitales y las Casas de Misericordia están muy lejos de ser un modelo en España, y las de locos y de expósitos, a pesar de algunas mejoras introducidas recientemente, dan poco crédito a la ciencia y a la caridad.
Los bajos, brutales y feroces sangrados de España han sido objeto de las burlas de escritores del país y extranjeros, que han dicho muchas verdades. La expresión vulgar para indicar la gran mortalidad de sus clientes es decir mueren como chinches. Esta indiferencia por la vida, esta falta de atención al sufrimiento humano y este atraso en la ciencia de curar son enteramente orientales; pues aun cuando la ciencia, en general, haya salido de este a oeste, la medicina y la cirugía no tienen ese origen. En oriente, como en España, han sido ciencias de segundo orden, y los que se dedicaban a ellas eran considerados como gente de condición inferior, obstáculo enorme en la Península, donde el hombre prefiere morir a ejercer una profesión que pueda enturbiar el brillo de su honor personal. El cirujano de los moros españoles solía ser un despreciado y aborrecido judío, lo que creaba una tradicional repugnancia hacia la profesión. El médico era de casta algo superior, pero, lo mismo que el botánico y el químico, era más fácil hallarle entre los infieles que entre los cristianos. Así Sancho el Graso tuvo que ir a Córdoba en busca de asistencia.

(Richard Ford. Cosas de España. El pais de lo imprevisto. Gatherings from Spain)

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