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Jurisprudencia matrimonial

febrero 25, 2009

contrabandista_de_ronda_y_su_majaPor encontrarse Madrid y Aranjuez en la diócesis de Toledo, el cardenal arzobispo de esta ciudad frecuentaba la corte, aun antes de verse obligado a ello por su cargo de gran inquisidor; y, sin embargo, Madrid sigue siendo como antes, sede de uno de sus vicarios, que le suple en sus funciones episcopales. Hace cosa de doce años traté a este digno auxiliar del prelado Lorenzana y se me perdonará explique, aunque sea en resumen nada más, los deta­lles y el resultado del asunto que motivó este conocimiento; me place decirlo, porque sirven para probar que el fanatismo y la intolerancia religiosa de España no son incurables, como generalmente se cree.

Un agente de una potencia extranjera, ligado por las leyes de su país a la religión pro­testante, estaba enamorado de una linda castellana. Un enorme obstáculo se oponía a su unión, y era la invencible aversión de la familia católica hacia un yerno hereje. El padre viene a Madrid para arrancar a su hija de los peligros de la seducción y se la lleva, desconsolada, a treinta leguas de la capital. El enamorado le sigue de cerca, se postra a sus pies, le enterne­ce, pero no consigue disuadirlo. «No puedo le dice el padre unir mi familia a una familia enemiga de Dios y de mi religión. Convertíos y seréis mi yerno.» El joven hereje pide permiso para defender al menos su causa ante el mismo tribunal de la Iglesia, al que espera encontrar menos inexorable que al familiar. El austero castellano aprueba su idea, aunque sin prometer un feliz desenlace.

El extranjero regresa a Madrid animado por un rayo de esperanza. Se presenta al gran vicario del arzobispo de Toledo y dice:

Tenéis en vuestra presencia a un desdichado a quien sólo vos podríais hacer dichoso.

Mi corazón pertenece por entero a doña N., a cuya mano aspiro, pero un obstáculo que se considera infranqueable nos separa. Yo nací fuera del seno de la Iglesia romana. Sería inútil que me exhortarais a abjurar de lo que llamáis mis errores. ¿Creeríais sincera tan repentina conversión? ¿Creéis que semejante acto de vasallaje honraría al culto que profesáis? Dejad que el paso del tiempo y el irresistible ascendiente de doña N. se ocupen de llevarme a lo que vos y quizá yo en lo futuro consideráis camino de salvación eterna. Por otra parte, el honorable cargo que desempeño, y que es mi único medio de subsistencia, sería incompati­ble con un cambio de religión. Si no obtengo la mano de doña N. moriré desesperado; si no me queda otro camino para obtenerla que renunciar a mi culto y, por consiguiente, a mi cargo, nos moriremos de hambre. Sólo vos, ministro de un Dios de paz y de bondad, podéis conciliar todo, y puesto que está en vuestra mano, no dudo que lo haréis.»»

Tales argumentos mitigaron la austeridad del gran vicario. «Ante todo, necesitaría dijo tener la certeza de que sois libre. ¿Cómo me lo demostraréis? Además necesitaría la prueba de que en vuestro país la religión protestante es tan exclusiva que quien no la profe­sa no puede ocupar cargo alguno. Y, finalmente, querría convencerme de que no estáis lejos de aproximaros a la Iglesia católica.»

Al oír estas palabras, el joven extranjero creyóse triunfante y dijo: «Fácil me será daros todas estas seguridades; a vos toca designar por qué conducto queréis que os lle­guen»». «Me bastan dos personas de reconocida honorabilidad en quienes tengáis confianza y que merezcan la nuestra.»» El joven nombra al encargado de negocios de Francia y al de los Estados Unidos. Se da la conformidad y se nos invita a pasar por la oficina del gran vicario. Nos hace entrar uno después de otro y nos formula tres preguntas, a las que respondemos afirmativamente. Firmamos una especie de acta notarial que disipa todos los escrúpulos del gran vicario, del arzobispo y de la familia ortodoxa. Ante un altar católico, los dos enamorados se unen en matrimonio sin tener que abjurar de sus creencias respec­tivas. Luego se han mostrado fieles a su juramento, así como a la religión de sus padres. Se han ocupado mucho de su mutua felicidad y muy poco de su conversión. Si la lectura de estas líneas ocupa unos momentos de ocio de la feliz pareja, al revivir sobresaltos y peli­gros, con el éxito del amor sobre la intolerancia, obtenido por mediación de la amistad, tal vez asoma una lágrima a los ojos.

Así eran hace doce años, así son todavía el prelado de Toledo y sus auxiliares. En esa ocasión dieron la primera prueba de tolerancia de este género en España. Poco tiempo des­pués, otra pareja que se encontraba en condiciones idénticas apeló al precedente, con el mismo resultado.

Hay otros casos, mucho más dificultosos que el referido, en los cuales se invoca la mediación del gran vicario de manera poco edificante para las costumbres. Me refiero a lo que llaman en el país sacar por el vicario. Toda muchacha, desde los doce años de edad, puede hacer que se case con ella un muchacho, con tal que tenga por lo menos catorce. Basta para ello probar que el muchacho ha usado por anticipado de los derechos matrimoniales, o que le ha prometido su mano o incluso que le ha dado a entender de alguna manera que deseaba unirse a ella. La muchacha debe presentar las pruebas de sus asertos ante el vicario general. Si afirma que el galán ha tenido comercio con ella y éste 10 niega, ella tiene que pro­barlo, y basta para ello con que algunos vecinos declaren haberlo visto entrar en la casa en horas anormales. Un anillo, un alhaja, un regalo, y, sobre todo una cartita amorosa, aunque no se nombre para nada el matrimonio, pueden servir de prueba, a la muchacha que recla­ma un marido.

No sé cuál pueda ser el espíritu de semejantes leyes. ¿ Es que se ha querido poner a un sexo en guardia contra las asechanzas del otro? ¿O que la autoridad civil y la eclesiástica están de acuerdo para multiplicar el número de matrimonios, con riesgo de que muchos resulten desgraciados?

Sea por lo que sea, lo cierto es que desde el momento en que la reclamante se dirige al vicario, éste hace detener al novio, que permanece en la cárcel mientras dura el proceso. Si el vicario falla que «ha lugar al matrimonio»», el prisionero no sale hasta después de cele­brado el casamiento. A menudo el deseo de recobrar una libertad induce a sacrificar la otra, pero ya se supone que lazos contraídos de tal suerte no ligan por mucho tiempo al que los contrae.

Hay otra manera de emplear el ministerio del vicario eclesiástico que es quizá igual de impropia desde le punto de vista de las costumbres, pero es más noble respecto al amor. Un hombre ama a una joven que le corresponde, pero que está sometida a la autoridad pater­nal. El novio, que no puede obtener el permiso de los padres de la doncella, va en busca del vicario; le entera el común afecto y le indica la casa en que quiere sea recogida su futura hasta el día de la boda. El vicario, después de haber comprobado que el consentimiento es mutuo, envía a un comisario para retirar a la joven del hogar paterno, hace que la lleven al lugar indi­cado, hasta que, después de instruida la causa, recibe la bendición nupcial.

Esta es, generalmente, la jurisprudencia matrimonial vigente en toda la monarquía española, pero en la práctica la ejecución más o menos rigurosa de estas reglas depende mucho de la prudencia y de las opiniones del ministerio apostólico. En estos últimos tiem­pos se han promulgado leyes que devuelven a la autoridad paternal una parte de su influen­cia sobre el destino de los hijos y tienden a impedir el escándalo que suele acompañar a los matrimonios celebrados sin su respetable sanción.

J. F. Bourgoing. Nuevo viaje a España o descripción del estado actual de esta monarquía.Nouveau voyage en Espagne, ou Tabeau de l’etat actuel de cette monarchie. Grabados de G.Dore. Contrabandista y su maja

Costumbres disolutas

febrero 25, 2009

hombre_y_mujer_en_la_fuente_de_carmonaTratar de explicar la disolución de costumbres es confesar que existe. La depravación amorosa llega en España hasta el escándalo y a menudo el sexo destinado por la naturaleza para esperar el placer lo provoca. No es raro recibir por escrito la expresión de deseos inspirados inadvertidamente, y la vida licenciosa no se corrige ni con los horrorosos resultados que la hacen expiar. Este horrible regalo del Nuevo Mundo al antiguo es en España patrimonio de familias enteras y fácil es darse cuenta de ello al advertir habituado, es terriblemente activo para con las personas nacidas en otros climas, y aunque mil encantos atraen junto a las bellezas que me complazco en elogiar, tan fatales consecuencias explican y justifican el saludable temor con que más de un extranjero cauto procura escapar a su yugo.

La depravación de costumbres no es tanta como se complacen en afirmar los libertinos, siempre exagerados en sus indiscreciones. Hay, incluso en Madrid, muchos matrimonios ejemplares, esposos fieles, mujeres que serían citadas en todas partes como modelos de honestidad y recato. Las jóvenes, aunque generalmente poco reservadas en sus maneras, dan mucho menos de lo que placeres tan vergonzosos como fáciles son frecuentes para quienes las buscan, la prostitución no tiene por lo menos la misma la persigue a veces hasta en sus más ocultos escondrijos. Y, cosa singular en un país donde tan común es la vida disipada y donde hay tanto rico ocioso: no se da el tipo de cortesana que ostente con lujo el salario de su lubricidad. Entre los grandes personajes que en otras partes alardean de la corrupción que su opulencia les permite mantener se conserva aún una especie de pudor en el desenfreno, y el misterio embellece hasta los amores más vergonzosos.

Tengo que añadir todavía, en honor del bello sexo español, que las mujeres no se permiten en sociedad familiaridades que en otras naciones, en que los sentidos no se inflaman tan súbitamente, se ven con indiferencia. Esta desconfianza de sí mismas es por lo menos un tributo que su debilidad paga al pudor y, por ejemplo, no se dejarían dar en público ni el más casto de los besos. Los besos que en algunas de nuestras comedias se ofrecen sin malicia ante los espectadores, están severamente excluidos del teatro español.

Voy a referir un rasgo quizá sin importancia, pero es prueba de la excesiva delicadeza, que hace extraño contraste con ciertas costumbres a menudo groseras y a veces repulsivas. Todo extranjero que haya viajado por España, y especialmente por Castilla, habrá observado esos grupos de gente del pueblo que, sentados al sol, entretienen su pereza matándose los piojos. Entre amantes de esta clase es una demostración de mutua ternura. Pues bien, al verter al español nuestra obra Le Tomboir, el escrupuloso traductor no se atrevió a incluir el beso furtivo que originaba el desenlace. ¿Con qué lo ha ido a sustituir? En la escena decisiva, mientras el maestro tonelero está ocupado en el interior de su taller, el amigo entra a hurtadillas y se sienta en el suelo, a los pies de la ingenua Fauchette, quien, con sus dedos deliciosos, limpia la cabeza del afortunado rival. En esta situación de conmovedora familiaridad, mientras los dos amantes prueban de manera tan inequívoca su mutua ternura, son sorprendidos por el viejo celoso.

Volviendo al tema de que esta digresión nos ha apartado, diremos que, si la mujer española no recibiría en público el más casto de los besos, con tal que no se acerque uno demasiado a ella, admite y hasta inicia esas provocaciones de que en otras partes se escandaliza la decencia. En la conversación, perdonan fácilmente los equívocos, los retruécanos salaces y las indiscreciones. He visto acoger, y hasta permitirse, un lenguaje que hombres poco delicados hubiesen reservado para sus orgías, como también entonar canciones de una inconveniencia sorprendente. Más de una vez quedé asombrado ante los relatos obscenos de ciertas mujeres «de buena familia». Incluso he oído a algunas complacerse en referir pormenores de sus voluptuosidades y parecer sorprendidas ante la confusión de sus oyentes. Las mujeres que permiten o se permiten esas libertades de lenguaje no son ciertamente más seductoras por eso, pero tampoco son más fáciles de seducir.

J. F. Bourgoing. Nuevo viaje a España o descripción del estado actual de esta monarquía.Nouveau voyage en Espagne, ou Tabeau de l’etat actuel de cette monarchie.Grabados de G.Dore. Hombre y mujer en la fuente de Carmona

 

los burros

enero 13, 2009
Los asnos españoles han sido inmortalizados por Cervantes; se han granjeado nuestra simpatía por el cariño de Sancho y su talento de imitación: el escudero del hidalgo rebuznó tan bien, como recordaréis, que todo el coro de orejudos se unió a un ejecutante a quien, según propia confesión, sólo le faltaba el rabo para ser un perfecto burro . Los alcaldes españoles, según Don Quijote, tienen aptitudes especiales para rebuznar, pero, excepción hecha del oeste de Inglaterra, en todas partes se puede decir lo mismo.
boceto_tomado_en_albacete1El humilde asno, burro, borrico , es la guía, el as in praesenti y el ornato de todo paisaje español: constituye un elemento esencial y apropiado de todas las calles y carreteras. Donde quiera que dos o tres españoles se reúnan, en el mercado, en una «junta» o concurso, es seguro que entre ellos habrá, por lo menos, un burro; es el sufrido compañero de las clases humildes para quienes el trabajo es la mayor desgracia: la resignación es la virtud común de ambas castas. Unos y otros quizá protesten cuando el señor Mon les eche encima una nueva carga o un nuevo impuesto, pero pronto, en cuanto se convencen de que la cosa no tiene remedio, la llevan con paciencia y la soportan: por esta comunidad de sentimientos, amo y animal se quieren entrañablemente, aun cuando por los juramentos y maldiciones que le aplica, un observador superficial puede suponer que el primero tiene cierta vergüenza de confesar en público su predilección.
Es indudable que aun quede oculto algo de los antiguos prejuicios de la caballería; pero Cervantes, que conocía tan a fondo la naturaleza humana en general y la española en particular, insistió mucho en el cariño que Sancho Panza sentía por su rucio y marcó la reciprocidad del animal, tan cariñoso como inteligente. En la Sagra, cerca de Toledo, se le llama el vecino , y nadie puede mirar a un borrico español sin que note una expresión especial en él que demuestra que el muy tonto se considera como uno de la familia . La Mancha es el paraíso para las mulas y los burros; seguramente en este momento más de un Sancho estará acariciando y abrazando a su rocín, su chato, chatito, romo , o cualquier otra variación sin nariz con que cuando no le maltrata se complace en nombrar a su compañero.
En España, como dice Safo, el amor es una mezcla agridulce: no hay ninguna sociedad protectora de animales; todo individuo tiene derecho a maltratar a su capricho a los animales de su propiedad, lo mismo que cualquier filantrópico yanqui puede azotar a su negro; nadie se atrevería a ponerse por medio en tales momentos, así como tampoco lo harían en una disputa de un hombre con su mujer, y cuenta que no nos referimos a ofensas de palabra. Se dice in piam memoriam de algunos asnos españoles católicos romanos que trataron de hacer apearse por las orejas a cierto Tomás Trebiño y otros herejes cuando los conducían a la hoguera, pues estaban indignados de que los montasen tales monstruos. Todo campesino español tiene una verdadera pesadumbre si se causa cualquier daño a un burro, porque suele constituir el único modo de ganarse la vida; y si le pierde no es ya fácil que al ir a buscarle se encuentre con un reino, como otra vez ocurrió, ni aun con un gobierno, como Sancho. Sterne hubiera hecho mejor colocando la escena de sus sentimientos por la muerte de un asno en España, no en Francia, donde esta especie de cuadrúpedos es mucho más rara. En España, donde los carros pequeños y carretillas son casi desconocidos y el conducirlos es considerado indigno de un hombre, lo que los sustituye, un jumento, es utilizado constantemente. Unas veces va cargado con sacos de trigo, otras con pellejos de vino, con cántaros de agua, con estiércol o con cadáveres de bandidos, echados como sacos sobre el lomo, con las piernas y los brazos atados bajo la barriga del animal.
La leche de burra es muy recomendada en primavera. Las mujeres morenas la toman para clarificar el cutis y refrescar la sangre ; los clérigos Y los empleados , para quienes es como leche maternal, la toman para tonificar los jugos gástricos. Montar en burro era considerado como una ofensa y degradación para el hidalgo godo, y los españoles del siglo XVI montaban en ellos a los cornudos pacientes . Hoy, a despecho de todos estos prejuicios, los grandes y sus señoras e inclusive algunos graves embajadores extranjeros, durante la jornada real en Aranjuez, se complacen en montar en estos animales de mal agüero y las borricadas , o sea excursiones en pollino, son la última moda.

(Richard Ford. Cosas de España. El pais de lo imprevisto. Gatherings from Spain)