El gitano rico

mayo 25, 2009

croquis_hecho_en_albacete– ¿Qué montañas son ésas? -pregunté a un barbero sangrador, que, montado en una burra del mismo pelo que la mía, emparejó conmigo a eso del mediodía y me acompañó durante unas cuantas leguas.

– Se llaman de diverso modo, caballero -respondió el barbero-, según los nombres de los lugares inmediatos. Aquellas de allá lejos son la serranía de Plasencia; las que hay frente a Madrid son las montañas de Guadarrama, por un río de este nombre que en ellas nace. La cordillera es muy grande, caballero, y separa los dos reinos; del lado de allá está Castilla la Vieja. Son magníficas estas montañas y, aunque nos mandan muchísimo frío, a mí me agrada contempladas, cosa que no es de extrañar, pues he nacido en ellas, aunque ahora, por mis pecados, vivo en un pueblo del llano. No hay en toda España cordillera como ésta, caballero; tiene sus secretos, sus misterios. Muchas cosas singulares se cuentan de esas montañas y de lo que ocultan en sus profundos escondrijos, porque ha de saber usted que la cordillera es muy ancha y se puede andar por ella días y días sin llegar a término. Muchos se han perdido en ella y no ha vuelto a saberse nada de su paradero. Entre otras rarezas, cuentan que en ciertos sitios hay profundas lagunas habitadas por monstruos, tales como serpientes corpulentas, más largas que un pino, y caballos de agua que a veces salen de allí y cometen mil estropicios. Es cosa averiguada que allá lejos, hacia el Oeste, en el corazón de la montaña, hay un valle maravilloso, tan estrecho que en él sólo se le ve la cara al sol en pleno mediodía. Este valle permaneció desconocido durante miles de años; nadie soñaba su existencia. Pero, al cabo, hace mucho tiempo, unos cazadores entraron en él casualmente. ¿Y sabe usted lo que encontraron, caballero? Encontraron una pequeña nación o tribu de gente desconocida, que hablaba una lengua ignorada y que acaso vivía desde la creación del mundo sin tratarse con las otras criaturas humanas y sin saber de la existencia de otros seres cerca de ellos. Caballero, ¿no ha oído usted hablar nunca del valle de las Batuecas? Se han escrito muchos libros acerca de este valle y de sus habitantes. A mí me enorgullecen esas montañas, caballero; si yo fuera hombre independiente, sin mujer y sin hijos, compraría una burra como la de usted -excelente, por lo que veo, y mucho mejor que la mía- y me iría a recorrer esas montañas hasta descubrir todos sus misterios y haber visto las maravillas que contienen.

No cesé en todo el día de avivar el paso de la burra y sólo me detuve una vez para echarle un pienso; pero, aunque el animalito se portó muy bien, llegó la noche y aún me faltaban dos leguas hasta Talavera. Al ponerse el sol arreció el frío; me arropé lo mejor posible con la capa vieja del gitano, que aún traía conmigo; pero resultó escasa defensa contra la inclemente noche. El camino, siempre por terreno llano, estaba medio borrado, y en la oscuridad era a veces difícil encontrarlo, sobre todo por los muchos atajos y veredas que lo cruzaban. Seguí adelante, empero, como pude, y cuando dudaba de la dirección que debía tomar, me abandonaba al instinto de mi cabalgadura. Salió al fin la luna y a su débil luz distinguí de pronto un bulto que se movía a muy corta distancia de mí. Aligeré el paso de la burra y no tardé en ponerme a su lado. El bulto continuó sin alterar su marcha un momento ni mirar. La silueta era de hombre, el más alto y corpulento que hasta entonces había yo encontrado en España, vestido también de un modo desusado en el país. Llevaba un sombrero bajo de copa y ancho de alas, muy semejante al de los carreteros ingleses; envolvíase el cuerpo en una especie de túnica larga y suelta, de cutí ordinario, abierta por delante, lo que permitía ver en ocasiones el resto de su traje, compuesto de un jubón y unos calzones de pana. Como he dicho, el ala de su sombrero era ancha; pero, aun siéndolo, no bastaba para cubrir un inmenso matorral de pelo negro como el carbón, espeso y rizado, que se desbordaba por todos lados. Colgadas del hombro izquierdo llevaba unas alforjas, y en la mano derecha, una pértiga.

Había algo extraño en todo su continente; pero lo más chocante era la tranquilidad con que seguía andando sin ocuparse de mí, aunque, naturalmente, se daba cuenta de mi proximidad; miraba con fijeza al camino delante de sí, salvo cuando alzaba su ancha faz y clavaba sus grandes ojos en la luna, que brillaba con fuerza en el cielo.

– Está fría la noche -díjele al fin-. ¿Es éste el camino de Talavera?

– Éste es el camino de Talavera y la noche está fría.

– Yo voy a Talavera -añadí-; supongo que usted también.

– Allí voy yo; usted también va, bueno.

La entonación con que pronunció estas palabras era, en su línea, tan extraña y singular como el aspecto del hombre que las decía; no era exactamente la de una voz española y, sin embargo, había algo en ellas que a duras penas podía ser extranjero; la pronunciación era también correcta, y el lenguaje, aunque insólito, sin faltas. Me chocó, sobre todo, la manera como había dicho la palabra bueno; algo parecido había oído yo en otra ocasión, pero no podía recordar cuándo ni dónde. Hubo una pausa. El desconocido andaba con paso arrogante y con perfecta indiferencia; al parecer, estaba dispuesto a no buscar ni esquivar la conversación.

– ¿No le da a usted miedo viajar por estos caminos de noche? -le pregunté-. Dicen que están llenos de ladrones.

– ¿Y no le debía dar a usted más miedo viajar por estos caminos de noche? ¿A usted, que desconoce el país? ¿A usted, que es un extranjero, un inglés?

– ¿Cómo sabe usted que soy inglés? -pregunté, lleno de sorpresa.

– No es cosa difícil; se lo he conocido en el acento.

– Ya que habla usted de eso -dije yo-, ¿y si su acento me descubriese también quién es usted?

– No puede ser -replicó mi compañero-; usted no sabe nada de mí ni puede saberlo.

– No lo diga usted con tanta seguridad, amigo mío; yo estoy enterado de muchas más cosas de las que usted se figura.

– ¿Por ejemplo? -dijo el desconocido.

– Por ejemplo -repliqué-, usted habla dos idiomas.

El hombre anduvo un poco en actitud reflexiva y luego dijo en voz baja:

– Bueno.

– Usted tiene dos nombres -continué-: uno, para el interior de su casa, y otro, para la calle. Ambos son buenos; pero el del hogar es el que usted más quiere de los dos.

Anduvo otros cuantos pasos en la misma actitud que antes, de pronto se volvió y, tomando nuevamente las riendas de la burra, la detuvo. Entonces contemplé de lleno su rostro y toda su persona; aún se me aparecen a veces en sueños sus formas hercúleas y sus facciones desmesuradas. Le vi plantado ante mí, bañado por la luz de la luna, mirándome a la cara con sus profundos y tranquilos ojos. Al cabo me dijo: «¿Es usted uno de los nuestros?».

Era ya muy entrada la noche cuando llegamos a Talavera. Fuimos a una casona lóbrega, la posada principal de la ciudad, según me dijo mi compañero. Entramos en la cocina, en uno de cuyos extremos ardía una buena lumbre. «Pepita -dijo mi compañero a una linda muchacha que salió a nuestro encuentro sonriendo-, un brasero y un cuarto reservado. Este caballero es un amigo mío y cenaremos juntos.» Pronto estuvo dispuesta la habitación, en la que había dos alcobas con sendas camas. Después de una cena que, por encargo de mi compañero, fue excelentísima nos sentamos junto al brasero y comenzamos a hablar.

YO: Claro está que usted ha hablado con otros ingleses, porque en otro caso no me hubiera reconocido por el tono de la voz.

ABARBANEL: Cuando estalló la guerra de la Independencia, siendo yo un muchacho, vino al lugar en que yo vivía con mi familia un oficial inglés, encargado de instruir a los reclutas; se alojó en casa de mi padre y me cobró gran afecto. Al marcharse me fui con él, con permiso de mi padre, y le acompañé por ambas Castillas como camarada y criado a la vez. Juntos estuvimos casi un año, y cuando, súbitamente, le mandaron volver a su país, quiso llevarme consigo; pero mi padre no lo consintió en modo alguno. Veinticinco años han pasado sin ver ningún inglés; a pesar de ello, le he conocido a usted en plena oscuridad.

YO: ¿Y qué género de vida hace usted y cuáles son sus medios de subsistencia?

ABARBANEL: Vivo sin dificultad alguna, como creo que vivieron mis antepasados y como vivió, con toda certeza, mi padre, cuya misma ruta he seguido. A su muerte tomé posesión de la herencia; era yo hijo único; los bienes, muchos; hubiera podido vivir sin trabajar; pero a fin de no llamar la atención, seguí el oficio de mi padre, que era longanicero. A veces he tratado también en lana, pero sin gran empeño, por falta de estímulo. Con todo, he tenido buena suerte; en ocasiones, una suerte extraordinaria, y he ganado más que muchos otros entregados por completo al comercio y que se matan a trabajar.

YO: ¿Tiene usted hijos? ¿Está usted casado?

ABARBANEL: Soy casado, pero sin hijos. Tengo mujer y una amiga o, más bien, dos mujeres, porque con ambas estoy casado; pero a una la llamo amiga por guardar las apariencias; quiero vivir tranquilo y no tengo gana de ofender los prejuicios de la gente que me rodea.

YO: Dice usted que es rico. ¿En qué consisten sus riquezas?

ABARBANEL: En oro, plata y piedras preciosas, pues he heredado todo lo que mis abuelos atesoraron. La mayor parte está escondido debajo de la tierra; la verdad es que ni siquiera he visto la décima parte de ello. Tengo monedas de oro y plata anteriores al tiempo de Femando el Maldito y Jezabel; también tengo sumas importantes dadas a préstamo. Vivimos muy apartados, sin embargo, y nos hacemos pasar por pobres, incluso por miserables; pero en ciertas ocasiones, en nuestras fiestas, una vez cerradas y atrancadas las puertas y después de soltar los perros fieros en el corral, comemos en vajillas como ya las quisiera para sí la reina de España, y hacemos las abluciones en salvillas de plata modeladas y repujadas antes del descubrimiento de América, aunque vayamos siempre groseramente vestidos y nuestras comidas sean de ordinario muy modestas.

YO: Además de usted y de sus mujeres, ¿hay en su casa alguna otra persona de su gremio?

ABARBANEL: Mis dos criados son también de los nuestros; uno es joven y pronto se marchará a casarse lejos de aquí; el otro es viejo y viene por este mismo camino detrás de mí con un carro y una mula.

YO: ¿Y adónde se dirige usted ahora?

ABARBANEL: A Toledo, donde a veces trafico como longanicero. Me gusta viajar, aunque sin alejarme mucho de mi casa. Desde que me separé del inglés no he vuelto a salir de Castilla la Nueva. Me gusta ir a Toledo y pensar allí en los tiempos que fueron; acabaría por establecerme en esa ciudad, si no hubiera en ella tantos malditos que me miran con malos ojos.

YO: ¿Le conocen a usted por lo que realmente es? ¿Le molestan las autoridades?

ABARBANEL: La gente sospecha, naturalmente, lo que yo soy; pero como en casi todo me acomodo a sus costumbres, no se mezclan en mis asuntos. Es verdad que algunas veces, cuando entro en la iglesia a oír misa, me miran por encima del hombro, como diciendo: «¿A qué vienes aquí?». Algunas veces se santiguan al pasar a mi lado; pero como se limitan a eso, no me preocupo gran cosa de ellos. Con las autoridades estoy en muy buenas relaciones. Muchos de los que desempeñan puestos elevados tienen dinero mío prestado, de modo que hasta cierto punto los tengo en mi poder, y la gente menuda, alguaciles y corchetes , está siempre dispuesta a favorecerme, en consideración a unos cuantos duros que reparto de vez en cuando entre ellos; de modo que, en conjunto, las cosas no pueden ir mejor. Cierto que antiguamente no ocurría así; sin embargo, yo no sé por qué sería, pero aunque otras familias lo pasaron muy mal, la nuestra disfrutó siempre de relativa tranquilidad. La verdad es que mi familia ha sabido conducirse siempre por modo maravilloso. Puedo decir que hay en ella una sagacidad parecida a la de la serpiente. Siempre hemos tenido amigos; con respecto a los enemigos, es la verdad que nunca nos han hecho daño impunemente, porque es regla de mi casa no olvidar las injurias y no escatimar esfuerzos ni gastos para arruinar y destruir al que nos perjudica.

YO: ¿Se meten con usted los curas?

ABARBANEL: Los curas me dejan en paz, sobre todo en nuestro mismo pueblo. Poco después de la muerte de mi padre, uno muy exaltado trató de jugarme una mala pasada; pero yo me las arreglé para pagarle en la misma moneda, y logré que le encarcelaran acusado de blasfemia y en la cárcel estuvo mucho tiempo, hasta que se volvió loco y murió.

YO: ¿Tienen ustedes en España alguna persona que haga cabeza, investida de la suprema autoridad?

ABARBANEL: Tanto como eso, no. Hay, sin embargo, ciertas familias virtuosas que gozan de mucha consideración: la mía es una de ellas -la principal, puedo decir-. Especialmente, mi abuelo era un varón justo, y oí contar a mí padre que una noche un arzobispo fue secretamente a nuestra casa sólo para tener el gusto de besar la mano a mi abuelo.

YO: ¿Cómo es posible eso? ¿Qué veneración puede sentir un arzobispo por uno como usted o como su abuelo?

ABARBANEL: Más de lo que usted se figura. El arzobispo era de los nuestros, o por lo menos lo había sido su padre, y él no podía olvidar lo que aprendió a reverenciar en la infancia. Dijo que había intentado inútilmente olvidarlo, que el ruals se cernía siempre sobre él y que desde la niñez los terrores conturbaban su ánimo hasta llegar al punto de no poder sufrirse a sí mismo. Por esto fue a ver a mi abuelo, con quien permaneció toda una noche, y luego se volvió a su diócesis, donde murió poco después en gran opinión de santo.

YO: Me sorprende lo que usted dice. ¿Tiene usted algún motivo para suponer que entre el clero católico hay muchos de los vuestros?

ABARBANEL: No lo supongo, lo sé. Hay muchos como yo en el clero y no de rango inferior tan sólo. Algunos de los más sabios y famosos clérigos de España han sido de los nuestros, o al menos de nuestra sangre, y muchos de ellos, hoy en día, piensan como yo. Hay una fiesta especial en el año, en la cual cuatro dignatarios eclesiásticos vienen sin falta a visitarme, y cuando, tomadas las necesarias precauciones, se cumplen las ceremonias preparatorias, se sientan en el suelo y blasfeman.

YO: ¿Son ustedes muchos en las ciudades importantes?

ABARBANEL: De ningún modo; rara vez vivimos en las ciudades grandes; sólo vamos a ellas para nuestros negocios y preferimos vivir en los pueblos. Cierto que no somos mucha gente; en pocas provincias de España contaremos más de veinte familias. Ninguno de los nuestros es pobre. Los que sirven lo hacen por conveniencia más que por necesidad, porque sirviendo unos en casa de otros se adiestran en tráficos diferentes. No es raro tampoco que el tiempo que se sirve sea el del noviazgo, y los criados se casan a veces con las hijas de sus amos.

Continuamos hablando casi toda la noche; a la mañana siguiente me dispuse a partir, pero mi compañero me aconsejó que me quedase allí todo el día. «Y si quiere usted hacerme caso -añadió-, no debe usted ir más lejos de ese modo. Esta noche pasará por aquí la diligencia de Extremadura a Madrid. Váyase en ella; es el modo más rápido y seguro de viajar. Yo le compraré a usted la burra. Mi criado, que ya ha venido, la ha visto y me dice que puede sernos útil. Pasaremos el día juntos, como hermanos, y luego nos iremos cada uno por nuestro lado.» Así lo hicimos. Cuando llegó la diligencia me metí en ella y en la mañana del segundo día llegué a Madrid.

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Historias de lobos

mayo 24, 2009
pastor extremeño

pastor extremeño

Bajaba yo del puerto de Mirabete pensando a ratos en el propósito que me había llevado a España y admirando otros uno de los más hermosos panoramas del mundo. Ante mí se extendían inmensas planicies limitadas en la lejanía por montañas gigantescas y a mis pies serpenteaba, entre márgenes escarpadas, la vena angosta y profunda del Tajo. El sol poniente doraba el paisaje. El día, aunque frío y ventoso, era despejado, brillante. En una hora llegué al río por junto a los restos de un magnífico puente volado en la guerra de la Independencia y no reconstruido.

Crucé el Tajo en una barca; el paso fue un poco difícil por la rapidez de la corriente, engrosada con las últimas lluvias.

– ¿Estoy ya en Castilla la Nueva? -pregunté al barquero al llegar a la otra orilla.

– La raya está a unas cuantas leguas de aquí -contestó-. Usted parece extranjero. ¿De dónde viene usted?

– De Inglaterra.

Y sin aguardar otra respuesta monté en la burra y seguí mi camino. La burra meneó los remos con presteza, y poco después de cerrar la noche llegué a una aldea distante unas dos leguas de la orilla del río.

Me alojé en una venta. Ardía en la cocina una buena fogata, en la que se quemaba un tronco de olivo casi entero. Allí me senté y me entretuve en examinar la diversa catadura de los presentes. Había un cazador con su escopeta; un par de pastores, con enormes perros, de los famosos de Extremadura; un soldado licenciado que volvía de la guerra, y un mendigo, que, después de pedir una limosna por las siete llagas de María Santísima, se sentó con nosotros y se instaló muy a sus anchas. La ventera era una mujer activa y servicial, que se ocupó en aderezarme la cena, consistente en las perdices compradas en Jaraicejo, que el gitano, al despedirse de mí, me aconsejó que me llevara. Mientras las guisaba estuve al amor de la lumbre, oyendo la conversación de aquella gente.

– Más quisiera ser lobo -dijo uno de los pastores- u otra cosa cualquiera que pastor. Bonita vida la nuestra, siempre en el campo, entre carrascales, pasando frío y hambre por una peseta diaria. Un lobo se da mejor vida y es más temido que un mísero pastor.

– Pero muchas veces -dije yo- lo pasa muy mal, y cuando los pastores y los perros caen sobre él, paga con la cabeza todas sus hazañas.

– Esto ocurre muy pocas veces, señor viajero -dijo el pastor-. El lobo acecha las ocasiones y es muy raro que se meta en un mal paso. Y lo que es atacarle, crea usted que es muy poco agradable. Tiene garras y dientes, y al hombre o al perro que los prueban una vez les quedan muy pocas ganas de ponerse nuevamente a su alcance. Estos perros míos se atreverían, uno a uno, con un oso, aunque es un animal mucho más fuerte, y, en cambio, los he visto yo huir del lobo, a pesar de que los azuzábamos.

– El lobo es muy peligroso y, además, muy astuto. Sabe más que nadie y conoce el punto vulnerable de cada animal. Vea usted, pongo por caso, cómo ataca a los terneros: saltándoles al cuello y desgarrándoles las venas con uñas y dientes. Pero ¿ataca así a un caballo? Me figuro que no.

– En efecto -dijo el otro pastor-, sabe muy bien lo que hace, y a los caballos se les sube de un brinco en las ancas y los desjarreta en seguida. ¡Qué miedo siente un caballo al pasar cerca de la madriguera del lobo! Mi amo iba el otro día al despoblado por lo alto del puerto, en el trotón andaluz que le ha costado quinientos duros; de pronto, el caballo se paró y se puso a sudar y a temblar como una mujer a pique de desmayarse. Mi amo no podía adivinar el motivo hasta que oyó unos gruñidos entre las matas; disparó la escopeta y espantó a los lobos, que salieron huyendo; pero me ha dicho que al caballo aún no se le ha pasado el susto.

– Sin embargo, las yeguas saben, cuando llega el caso, chasquear al lobo -replicó su compañero-. Las yeguas, como todas las hembras, son muy astutas y maliciosas. Si están, pongo por caso, pastando en el campo con sus crías y se da la señal de que viene el lobo, se asustan y corren un poco, pero al momento se reúnen y se forman en corro, poniendo dentro a los potros. Llega el lobo, esperando darse un banquete de carne de caballo, pero se lleva chasco; las yeguas son tan listas como él. Todas le hacen cara, esconden la grupa y, cuando el lobo se pone a dar vueltas trotando y aullando alrededor del corro, se alzan de manos, dispuestas a aplastarlo contra el suelo en cuanto intente hacerles, a ellas o a su cría, el menor daño.

– Peor que el lobo -dijo el soldado- es la loba; porque, como ha dicho muy bien el señor pastor, las hembras tienen más malicia que los machos. Es cosa sorprendente ver a una de esas diablas dirigir una manada de machos. Van tras ella, repitiendo todo lo que hace; parecen embrujados y no tienen más remedio que imitarla. Una vez viajaba yo con un compañero por las montañas de Galicia, cuando de pronto oímos un aullido. «Son los lobos -dijo mi compañero-. Echémonos fuera del camino.» Así lo hicimos y remontamos un poco la falda del cerro hasta llegar a una explanada plantada de vides, como se usa en Galicia. A poco apareció una loba muy grande, de pelo gris, deshonesta, guiando a dentelladas y gruñidos una manada de demonios que la seguían muy pegados a ella, con el rabo enhiesto y los ojos como brasas. ¿Qué creerán ustedes que hizo el maldito animal? En lugar de seguir por el camino, echó hacia donde nosotros estábamos, y, como ya no había remedio, nos estuvimos quietos y en silencio. Yo estaba el primero, y la loba me pasó tan cerca que me rozó con el pelo las piernas; no me hizo caso, sin embargo, y siguió adelante, sin mirar a derecha ni izquierda, y todos los demás lobos pasaron trotando junto a mí, sin hacerme el menor daño y sin mirarme siquiera. No puedo decir lo mismo de mi pobre compañero, que estaba un poco más lejos, y, a mi parecer, no tan en la dirección de los lobos como yo. Después de pasar muy cerca de él, bruscamente la loba dio media vuelta y le mordió. Nunca olvidaré lo que ocurrió luego; en un instante doce lobos se arrojaron sobre él y le despedazaron, aullando de un modo horrible. En un santiamén le devoraron y sólo quedó de él la calavera y unos cuantos huesos; después los lobos se fueron como habían venido. Tengo motivo para agradecer a mi señora la loba que hiciese menos caso de mí que de mi compañero.

Jurisprudencia matrimonial

febrero 25, 2009

contrabandista_de_ronda_y_su_majaPor encontrarse Madrid y Aranjuez en la diócesis de Toledo, el cardenal arzobispo de esta ciudad frecuentaba la corte, aun antes de verse obligado a ello por su cargo de gran inquisidor; y, sin embargo, Madrid sigue siendo como antes, sede de uno de sus vicarios, que le suple en sus funciones episcopales. Hace cosa de doce años traté a este digno auxiliar del prelado Lorenzana y se me perdonará explique, aunque sea en resumen nada más, los deta­lles y el resultado del asunto que motivó este conocimiento; me place decirlo, porque sirven para probar que el fanatismo y la intolerancia religiosa de España no son incurables, como generalmente se cree.

Un agente de una potencia extranjera, ligado por las leyes de su país a la religión pro­testante, estaba enamorado de una linda castellana. Un enorme obstáculo se oponía a su unión, y era la invencible aversión de la familia católica hacia un yerno hereje. El padre viene a Madrid para arrancar a su hija de los peligros de la seducción y se la lleva, desconsolada, a treinta leguas de la capital. El enamorado le sigue de cerca, se postra a sus pies, le enterne­ce, pero no consigue disuadirlo. «No puedo le dice el padre unir mi familia a una familia enemiga de Dios y de mi religión. Convertíos y seréis mi yerno.» El joven hereje pide permiso para defender al menos su causa ante el mismo tribunal de la Iglesia, al que espera encontrar menos inexorable que al familiar. El austero castellano aprueba su idea, aunque sin prometer un feliz desenlace.

El extranjero regresa a Madrid animado por un rayo de esperanza. Se presenta al gran vicario del arzobispo de Toledo y dice:

Tenéis en vuestra presencia a un desdichado a quien sólo vos podríais hacer dichoso.

Mi corazón pertenece por entero a doña N., a cuya mano aspiro, pero un obstáculo que se considera infranqueable nos separa. Yo nací fuera del seno de la Iglesia romana. Sería inútil que me exhortarais a abjurar de lo que llamáis mis errores. ¿Creeríais sincera tan repentina conversión? ¿Creéis que semejante acto de vasallaje honraría al culto que profesáis? Dejad que el paso del tiempo y el irresistible ascendiente de doña N. se ocupen de llevarme a lo que vos y quizá yo en lo futuro consideráis camino de salvación eterna. Por otra parte, el honorable cargo que desempeño, y que es mi único medio de subsistencia, sería incompati­ble con un cambio de religión. Si no obtengo la mano de doña N. moriré desesperado; si no me queda otro camino para obtenerla que renunciar a mi culto y, por consiguiente, a mi cargo, nos moriremos de hambre. Sólo vos, ministro de un Dios de paz y de bondad, podéis conciliar todo, y puesto que está en vuestra mano, no dudo que lo haréis.»»

Tales argumentos mitigaron la austeridad del gran vicario. «Ante todo, necesitaría dijo tener la certeza de que sois libre. ¿Cómo me lo demostraréis? Además necesitaría la prueba de que en vuestro país la religión protestante es tan exclusiva que quien no la profe­sa no puede ocupar cargo alguno. Y, finalmente, querría convencerme de que no estáis lejos de aproximaros a la Iglesia católica.»

Al oír estas palabras, el joven extranjero creyóse triunfante y dijo: «Fácil me será daros todas estas seguridades; a vos toca designar por qué conducto queréis que os lle­guen»». «Me bastan dos personas de reconocida honorabilidad en quienes tengáis confianza y que merezcan la nuestra.»» El joven nombra al encargado de negocios de Francia y al de los Estados Unidos. Se da la conformidad y se nos invita a pasar por la oficina del gran vicario. Nos hace entrar uno después de otro y nos formula tres preguntas, a las que respondemos afirmativamente. Firmamos una especie de acta notarial que disipa todos los escrúpulos del gran vicario, del arzobispo y de la familia ortodoxa. Ante un altar católico, los dos enamorados se unen en matrimonio sin tener que abjurar de sus creencias respec­tivas. Luego se han mostrado fieles a su juramento, así como a la religión de sus padres. Se han ocupado mucho de su mutua felicidad y muy poco de su conversión. Si la lectura de estas líneas ocupa unos momentos de ocio de la feliz pareja, al revivir sobresaltos y peli­gros, con el éxito del amor sobre la intolerancia, obtenido por mediación de la amistad, tal vez asoma una lágrima a los ojos.

Así eran hace doce años, así son todavía el prelado de Toledo y sus auxiliares. En esa ocasión dieron la primera prueba de tolerancia de este género en España. Poco tiempo des­pués, otra pareja que se encontraba en condiciones idénticas apeló al precedente, con el mismo resultado.

Hay otros casos, mucho más dificultosos que el referido, en los cuales se invoca la mediación del gran vicario de manera poco edificante para las costumbres. Me refiero a lo que llaman en el país sacar por el vicario. Toda muchacha, desde los doce años de edad, puede hacer que se case con ella un muchacho, con tal que tenga por lo menos catorce. Basta para ello probar que el muchacho ha usado por anticipado de los derechos matrimoniales, o que le ha prometido su mano o incluso que le ha dado a entender de alguna manera que deseaba unirse a ella. La muchacha debe presentar las pruebas de sus asertos ante el vicario general. Si afirma que el galán ha tenido comercio con ella y éste 10 niega, ella tiene que pro­barlo, y basta para ello con que algunos vecinos declaren haberlo visto entrar en la casa en horas anormales. Un anillo, un alhaja, un regalo, y, sobre todo una cartita amorosa, aunque no se nombre para nada el matrimonio, pueden servir de prueba, a la muchacha que recla­ma un marido.

No sé cuál pueda ser el espíritu de semejantes leyes. ¿ Es que se ha querido poner a un sexo en guardia contra las asechanzas del otro? ¿O que la autoridad civil y la eclesiástica están de acuerdo para multiplicar el número de matrimonios, con riesgo de que muchos resulten desgraciados?

Sea por lo que sea, lo cierto es que desde el momento en que la reclamante se dirige al vicario, éste hace detener al novio, que permanece en la cárcel mientras dura el proceso. Si el vicario falla que «ha lugar al matrimonio»», el prisionero no sale hasta después de cele­brado el casamiento. A menudo el deseo de recobrar una libertad induce a sacrificar la otra, pero ya se supone que lazos contraídos de tal suerte no ligan por mucho tiempo al que los contrae.

Hay otra manera de emplear el ministerio del vicario eclesiástico que es quizá igual de impropia desde le punto de vista de las costumbres, pero es más noble respecto al amor. Un hombre ama a una joven que le corresponde, pero que está sometida a la autoridad pater­nal. El novio, que no puede obtener el permiso de los padres de la doncella, va en busca del vicario; le entera el común afecto y le indica la casa en que quiere sea recogida su futura hasta el día de la boda. El vicario, después de haber comprobado que el consentimiento es mutuo, envía a un comisario para retirar a la joven del hogar paterno, hace que la lleven al lugar indi­cado, hasta que, después de instruida la causa, recibe la bendición nupcial.

Esta es, generalmente, la jurisprudencia matrimonial vigente en toda la monarquía española, pero en la práctica la ejecución más o menos rigurosa de estas reglas depende mucho de la prudencia y de las opiniones del ministerio apostólico. En estos últimos tiem­pos se han promulgado leyes que devuelven a la autoridad paternal una parte de su influen­cia sobre el destino de los hijos y tienden a impedir el escándalo que suele acompañar a los matrimonios celebrados sin su respetable sanción.

J. F. Bourgoing. Nuevo viaje a España o descripción del estado actual de esta monarquía.Nouveau voyage en Espagne, ou Tabeau de l’etat actuel de cette monarchie. Grabados de G.Dore. Contrabandista y su maja

Costumbres disolutas

febrero 25, 2009

hombre_y_mujer_en_la_fuente_de_carmonaTratar de explicar la disolución de costumbres es confesar que existe. La depravación amorosa llega en España hasta el escándalo y a menudo el sexo destinado por la naturaleza para esperar el placer lo provoca. No es raro recibir por escrito la expresión de deseos inspirados inadvertidamente, y la vida licenciosa no se corrige ni con los horrorosos resultados que la hacen expiar. Este horrible regalo del Nuevo Mundo al antiguo es en España patrimonio de familias enteras y fácil es darse cuenta de ello al advertir habituado, es terriblemente activo para con las personas nacidas en otros climas, y aunque mil encantos atraen junto a las bellezas que me complazco en elogiar, tan fatales consecuencias explican y justifican el saludable temor con que más de un extranjero cauto procura escapar a su yugo.

La depravación de costumbres no es tanta como se complacen en afirmar los libertinos, siempre exagerados en sus indiscreciones. Hay, incluso en Madrid, muchos matrimonios ejemplares, esposos fieles, mujeres que serían citadas en todas partes como modelos de honestidad y recato. Las jóvenes, aunque generalmente poco reservadas en sus maneras, dan mucho menos de lo que placeres tan vergonzosos como fáciles son frecuentes para quienes las buscan, la prostitución no tiene por lo menos la misma la persigue a veces hasta en sus más ocultos escondrijos. Y, cosa singular en un país donde tan común es la vida disipada y donde hay tanto rico ocioso: no se da el tipo de cortesana que ostente con lujo el salario de su lubricidad. Entre los grandes personajes que en otras partes alardean de la corrupción que su opulencia les permite mantener se conserva aún una especie de pudor en el desenfreno, y el misterio embellece hasta los amores más vergonzosos.

Tengo que añadir todavía, en honor del bello sexo español, que las mujeres no se permiten en sociedad familiaridades que en otras naciones, en que los sentidos no se inflaman tan súbitamente, se ven con indiferencia. Esta desconfianza de sí mismas es por lo menos un tributo que su debilidad paga al pudor y, por ejemplo, no se dejarían dar en público ni el más casto de los besos. Los besos que en algunas de nuestras comedias se ofrecen sin malicia ante los espectadores, están severamente excluidos del teatro español.

Voy a referir un rasgo quizá sin importancia, pero es prueba de la excesiva delicadeza, que hace extraño contraste con ciertas costumbres a menudo groseras y a veces repulsivas. Todo extranjero que haya viajado por España, y especialmente por Castilla, habrá observado esos grupos de gente del pueblo que, sentados al sol, entretienen su pereza matándose los piojos. Entre amantes de esta clase es una demostración de mutua ternura. Pues bien, al verter al español nuestra obra Le Tomboir, el escrupuloso traductor no se atrevió a incluir el beso furtivo que originaba el desenlace. ¿Con qué lo ha ido a sustituir? En la escena decisiva, mientras el maestro tonelero está ocupado en el interior de su taller, el amigo entra a hurtadillas y se sienta en el suelo, a los pies de la ingenua Fauchette, quien, con sus dedos deliciosos, limpia la cabeza del afortunado rival. En esta situación de conmovedora familiaridad, mientras los dos amantes prueban de manera tan inequívoca su mutua ternura, son sorprendidos por el viejo celoso.

Volviendo al tema de que esta digresión nos ha apartado, diremos que, si la mujer española no recibiría en público el más casto de los besos, con tal que no se acerque uno demasiado a ella, admite y hasta inicia esas provocaciones de que en otras partes se escandaliza la decencia. En la conversación, perdonan fácilmente los equívocos, los retruécanos salaces y las indiscreciones. He visto acoger, y hasta permitirse, un lenguaje que hombres poco delicados hubiesen reservado para sus orgías, como también entonar canciones de una inconveniencia sorprendente. Más de una vez quedé asombrado ante los relatos obscenos de ciertas mujeres «de buena familia». Incluso he oído a algunas complacerse en referir pormenores de sus voluptuosidades y parecer sorprendidas ante la confusión de sus oyentes. Las mujeres que permiten o se permiten esas libertades de lenguaje no son ciertamente más seductoras por eso, pero tampoco son más fáciles de seducir.

J. F. Bourgoing. Nuevo viaje a España o descripción del estado actual de esta monarquía.Nouveau voyage en Espagne, ou Tabeau de l’etat actuel de cette monarchie.Grabados de G.Dore. Hombre y mujer en la fuente de Carmona

 

El orgullo de los españoles

febrero 25, 2009

Los españoles han tenido rasgos característicos comunes a todos los habitantes de la Península, pero eso era cuando los árabes orientales. Su gusto por las artes y las ciencias y todo aquello de que aún quedan vestigios en las provincias donde más tiempo se mantuvieron. Eso era cuando el elevado concepto que los españoles tenían de su nación, muy justificado por las circunstancias, se reflejaba en toda su persona y hacía que se pareciesen todos al retrato que aún hoy se manifiesta, representándolos graves, austeros, generosos, empeñados en guerras y aventuras. lebrijaAsí eran cuando en sus asambleas generales, que llamaban Cortes, tenían todos una parte más o menos activa en el Gobierno, cuyos actos dirigían o vigilaban, sintiendo con mucho más ardor que Pero estas tres causas de uniformidad en el carácter nacional han desaparecido casi por completo, y al desvanecerse han dejado a los españoles sometidos a las influencias más inmediatas del clima, de las leyes y de los productos de sus distintas regiones, de navarros, andaluces, vascos, asturianos, etcétera, y hacer de cada uno de estos pueblos una descripción particular; tarea dificultosa e ingrata de imposible realización, sin poner a cada momento las excepciones junto a la regla. Difícil sería ser exacto sin minuciosidad; justo, sin parecer severo; apologista, sin parecer adulador.

A pesar de lo cual, su revolución no ha sido tan completa que haya extirpado totalmente los rasgos comunes a la nación española. Una parte de sus costumbres ha sobrevivido a los acontecimientos que las han alterado. La influencia del clima fue modificada, pero no destruida. En muchos aspectos sus provincias viven aún bajo una misma forma de gobierno. La corte de un monarca absoluto sigue siendo el centro en que convergen las aspiraciones y los afectos generales. Todos los españoles modernos profesan el mismo culto religioso. En literatura tienen aún los mismos modelos e idénticos gustos. En todos estos aspectos han conservado rasgos semejantes a los de sus antepasados, que intentaremos esbozar.

En la época en que España representó un papel importante, cuando descubría y conquistaba el Nuevo Mundo; cuando, no contenta con dominar una parte de Europa, agitaba y hacía tambalear el resto con sus intrigas diplomáticas o sus empresas militares, los españoles se embriagaron de orgullo: un orgullo que se manifestaba en su apostura, en sus acciones, en su lenguaje y en sus escritos. Como entonces el orgullo nacional estaba justificado, les daba un aspecto de grandeza que les perdonaban, aun aquellos a quienes no infundía respeto.

Debido a una serie de circunstanciales desventuras, eclipsóse aquel esplendor, sin que las pretensiones a que daba lugar se desvanecieran. El español del siglo XVI había desaparecido, pero quedaba su apariencia. De ahí ese porte orgulloso y grave que aún hoy le caracteriza y que me trae a la memoria dos versos de un poeta francés referentes al pecado original, cuyas fatales consecuencias no han borrado por completo en el hombre la traza de su augusto destino:

C’est du haut de son treme un roi précipité qui garde sur son front un trait de majesté. (Es un rey, arrojado de un altivo
trono que aún ciñe su frente con un rasgo de majestad).

El español moderno conserva aún la huella de su antigua importancia. Hablen o escriban sus expresiones adolecen de una exageración rayana en fanfarronería. Tiene un elevado concepto de su patria y de sí mismo, y lo manifiesta siempre sin reparo y con frecuencia sin habilidad. Su amor propio no se manifiesta mediante las expresiones graciosamente hiperbólicas que más provocan la risa que el enfado y que caracterizan a los gascones: cuando se alaban lo hacen gravemente, con toda la pompa de su idioma.

Sin embargo, tentado estoy de creer que el genio de su lengua justifica su estilo ampuloso. No sólo adoptó muchas palabras y giros idiomáticos de los árabes, sino que está como impregnado del espíritu oriental introducido en España, espíritu que se encuentra en todas las obras de imaginación españolas; en sus novelas. Quizá es ésta una de las principales causas a que obedece la lentitud con que progresa en España la verdadera filosofía, puesto que, acostumbrados a sacar de quicio las cosas, con imágenes acumuladas en torno a las ideas más sencillas, y complaciéndose en todo lo que tenga algo de maravilloso: rodean de misterio el santuario de la verdad y lo hacen inaccesible.

J. F. Bourgoing. Nuevo viaje a España o descripción del estado actual de esta monarquía.Nouveau voyage en Espagne, ou Tabeau de l’etat actuel de cette monarchie.